Por: Cristo García Tapia

Pero es diciembre

Aunque el sol da una apariencia de abundante brillo, irrumpe débil con sus rayos por entre la tarde.

De seguro lloverá otra vez en el límite del atardecer de este diciembre cuya velocidad de crucero, como alma que se lleva el tiempo, no engrana con la estación seca que registran los anales meteorológicos.

Tampoco es habitual en este tiempo el largo, sordo silencio de pájaros, que hace pesado el atardecer; casi por completo ajeno a la pluralidad de cantos y bullicio en los atardeceres del trópico en estos parajes.

A veces, por la lluvia, creo que voy por las aceras de octubre; por los mediodías pluviosos de agosto y sus crepúsculos rojizos como manchones de sangre en el ocaso; casi huérfano de luz entre los naranjos y el tamarindo del patio y la lumbre de un fogón de leña que espabila agonizante.

Pero no.

Estoy en las comarcas de diciembre; en los primeros días de un mes que aún no deja asomar en la levedad y limpidez de sus cielos, aquellas lunas voluptuosas como senos desparramándose en las  manos tibias de la noche.

Mi madre también extraña el tono de otros diciembres en el que transcurre y, como yo, se siente extraviada en este de lluvias vespertinas, sordo del canto incesante de pájaros, del estridor de las chicharras y del silbo de las salamandras.

Pero es diciembre, me dice. Aunque las señales del cielo ya casi extinguiéndose en el agujero negro, infinito de la noche, no le den la razón.

Yo tampoco la percibo en el pálpito de esta tarde. Una tarde que parece cabalgar desbocada hacia el bosque sin confín de la alta noche.

Como si quisiera pasar por alto los arcanos  de la rotación de esta tierra no tan ancha y sí ajena y en vía de extinción que se resiste a sucumbir.

Pero es diciembre.

Y la memoria tiene la densidad suficiente para rastrear las atmósferas lejanas de otros diciembres, su parecido con este que todavía se resiste  a ser el luminoso diciembre que se quedó en los anaqueles del corazón; en los laberintos titilantes de los pífanos y voladores de la niñería alborotada y risueña; en el olor a nochebuena que impregnaba las casas y esparcía por las calles un olor a estrellas maduras.

Hoy, por fin, transparente y ondeando desde el alba en un alisio suave, diciembre se anunció, ocho días después del término que numera un calendario que cada primero de enero fija mamá en un recuadro de la pared de su cuarto.

Llegó risueño y silbando y sin pedir permiso se fue adentrando por todos los recovecos de la casa, abrió puertas y ventanas, miró los retratos que cuelgan en las paredes y les hizo un guiño de recordación de otros diciembres.

Soy yo, pareció decir cuando asomó por el jardín de emperatriz de mamá, pasó por entre las azucenas y begonias, acarició con su soplo de colores las astromelias y se enredó de ilusiones entre setos de lluvia roja y heliotropos azules.

Sí. Era otra vez diciembre, a prueba de tiempo y soledades, el que asomaba y entraba cargado de palabras de otra edad; del viento manso de la nostalgia enredado en las manos infantiles de mis nietos.

Navegando en la aguamarina de los ojos de mamá; remontando el río de aguas tiernas de la infancia que no cesa. En el amanecer más luminoso: Navidad.

Poeta

@CristoGarciaTap

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