Por: Enrique Aparicio

Perugia y la niebla de los tiempos

María de las Estrellas subía lentamente por las escaleras enclavadas en la Roca Paulina, una serie de ruinas etruscas convertidas en fortificación que la llevaban al corso Vanucci, en la calle central de Perugia- capital de la provincia de Umbría-. Era dama de compañía de Valeria, la hija y única heredera de la poderosa familia Baglioni. Estamos en los alrededores de 1530.

La interminable escalera llegaba a la cima de la colina, donde el comercio de la ciudad se congregaba. Era un viernes, día de mercado. Andrei, un comerciante en telas y vestidos exóticos tenía reservados para la joven heredera una serie de productos selectos que María de las Estrellas debería pagar y recoger.

Pero tenía también otro encargo: cerca al llamado arco etrusco vivía Antonia della Francesca, una mujer entre gitana y noble que conservaba cierta relación discreta con los poderosos de la región. Tenía fama de preparar unos  venenos muy efectivos. El indeseado o la indeseada duraban varios  días agonizando con dolores en el bajo vientre que se sentían como hierros calientes penetrando lentamente la carne y los huesos. Quien iba donde Antonia quería causar daño, dolor en el alma y en el cuerpo. Por eso nuestra dama de compañía sintió que el miedo la hacía sudar frío.
Las instrucciones de Valeria eran claras:

-Le entregas a della Francesca esta nota y ella te dará un pequeño frasco con un líquido.  Eso es todo.  Me lo traes enseguida.

Con  gran angustia tocó a la puerta de una pequeña casa enclavada en la piedra. Para su sorpresa la abrió una mujer relativamente joven, de unos 35 años, que era no solo bonita sino que sus rasgos parecían amables salvo dos cosas: los dedos de sus manos eran de un largo poco usual sin ser desproporcionados y los ojos verdes nunca parpadeaban.

Cuando se estaba cerca a ella parecía como si las cosas a su alrededor no tuvieran motivo de existir.

No había plantas, algo poco usual en la decoración de esos tiempos.  El ambiente tenía un olor a lirio, como el de los cementerios, pero no había ninguna flor que lo justificara.  Della Francesca reflejaba la misma muerte.

-Señora della Francesca, vengo por...

-Sé por qué vienes.  Los seres humanos en su afán de ir en contra de la naturaleza aceleran sus propios males entre unos y otros. Ve y entrégale esto a tu amiga que sólo añadirá una nueva carga al caminar de su propia vida, pensando que aliviará en algo sus propios males, contradiciendo la misma esencia del hombre.

María salió corriendo de aquella pequeña casa. Por atajos, subidas y entrecruces de murallas, continuó hasta llegar a un bosque donde podía divisar el valle de Umbría.

Allí, cerca al borde de una bajada profunda, sobre una piedra, estaba un hombre tendido, como descansando en una posición algo extraña.  Se acercó.  Parecía un soldado.  El puño de su mano derecha estaba cerrado con mucha fuerza.  Su respiración era difícil.

Con voz entrecortada le dijo:

-Corre. Aléjate de aquí. Me persiguen.  Por favor, huye.

Cuando se  iba a alejar, abrió el puño de la mano y dejó ver un medallón de hierro de tamaño medio.

-Por favor tómalo y ábrelo sólo en aquel momento que creas que vas a morir. Rápido, recíbelo, no lo dudes- le dijo el soldado.

Instintivamente lo tomó y salió en dirección al castillo sin volver su mirada hacia atrás.  Sólo quería llegar y olvidarse de todo.

***

Valeria era una mujer de 30 años. No muy alta, con tez blanca y ojos azules.  Dependiente de un alrededor psíquico, enfermizo.  Necesitaba la anuencia de quienes la rodeaban para tomar decisiones. Un alma en pena.  Frustrada por ella misma. La sombra religiosa, doctrinal, inquisidora, sólo había ayudado a crearle visiones aun más complicadas de la vida. 

Su dama de compañía, hija de un pariente lejano del duque, había sido enviada a la corte en busca de un posible marido de mejor alcurnia que el que hubiera podido encontrar en los feudos de su padre.  Temerosa, demasiado joven y bonita, sin mayor entrene en los vericuetos de una corte perniciosa, María de las Estrellas fue el sujeto perfecto de manipulación para Valeria, quien desarrolló además un odio perverso contra ella porque atrajo a los jóvenes más apuestos opacando sin quererlo a la heredera, quien comprendió que si no la quitaba de  en medio su frustración iba a desangrar su vanidad.
 
Valeria tenía la costumbre de tomar una tisana todos los días hacia las 5 pm, antes del rezo de la 7 de la noche. Creía que esto le levantaba el espíritu y la apartaba de las malas ideas que según su confesor aparecían al final del día.

Esa tarde, como siempre, se sentó con María de las Estrellas y otras asistentas provenientes de familias nobles de Perugia.

El servicio fue como de costumbre, con la única diferencia de que una de las jóvenes que servía era la nueva ayudanta de la cocina. Algo retraída, con mirada nerviosa, fue sirviendo las tizanas. Cuando llegó a María le ofreció una taza en particular y aunque le pareció un poco extraño la tomó sin mayor objeción.


Los dolores sólo le comenzaron hacia la medianoche. Parecía como si el estómago le fuera a explotar.   Náuseas y vómitos interminables hicieron su aparición. La respiración se fue haciendo más difícil.  La muerte se estaba sintiendo cerca.

María de las Estrellas supo que su señora la había envenenado.

El sudor le corría por todo el cuerpo.  La lengua estaba totalmente reseca y casi no le cabía en la boca, el estómago era incontrolable y  la cama donde dormía estaba hecha un asco.  El silencio era otro cómplice. Habían retirado la guardia de esa parte del castillo.  Por la falta de oxígeno sentía que la cabeza le iba a estallar.  El camino a la inconciencia se había iniciado.  Pero en un instante recordó lo que el soldado le había dicho:

“Por favor tómalo. Ábrelo sólo cuando creas que vas a morir.”

Torpemente y sacando fuerzas de donde no las tenía, abrió el pequeño cajón de la mesita que estaba cerca a la cama. Allí guardaba el medallón. Torpemente lo abrió y vació en su boca el polvo negro que contenía.  Un destello de energía le permitió vestirse y salir huyendo.  Sin saber cómo se encontró en la casucha de Della Francesca.

-Te esperaba, toma esta infusión rápido.

La mujer cayó desmayada.  Pasaron como 8 horas hasta que despertó sintiendo la pesadumbre del envenenamiento.

-Lárgate de aquí. Y recuerda que esta vez tuviste suerte, pero no habrá una segunda oportunidad. El soldado te salvó.

El día en Perugia era de un verano placentero, una brisa sutil la acaricio. Estaba en una callecita pegada a la montaña,  de un lado se podía ver el valle y la ciudad de Asís.  Unos 50 metros en la misma calle estaba él. 

-No te acerques demasiado, nos podrá afectar.  Acuérdate que estamos viéndonos en la niebla de los tiempos. Seguramente nos volveremos a encontrar.

El You Tube tiene unas tomas que hice de Perugia y otras ciudades en su mayoría en la bella provincia de Umbria  Una ciudad con una historia muy especial. Por ejemplo la guerra de la sal, cuando el Papa Paulo III decidió aumentar los impuestos a la sal.

 

Que tenga un domingo amable.
 

 

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