Por: Ana Cristina Restrepo Jiménez

Piñata

Pocas veces nos habían elevado tanto el listón a los periodistas y académicos colombianos. Jamás nos habíamos pegado semejante “ensartada”.

Desde que empezaron a publicar los puntos de la negociación en La Habana, quedó claro que en el periodismo y la academia residiría el “saber democrático”, el poder para orientar a las audiencias de cara al plebiscito.

Recibida la tea, abrimos el cajón de las ciencias políticas y, como conejo del sombrero de un mago, apareció el pluralismo.

El principio de “darles voz a todos” acarrea, entre muchos riesgos, uno predecible: elevar el estatus del prejuicio.

El problema no radica en que Trump sueñe con deportar a millones de inmigrantes de Estados Unidos, ni en que Ordóñez y Morales piensen que los homosexuales no merecen ser tratados como ciudadanos. El lío es que lo digan en voz alta y, peor aun, que les sirvamos de megáfono (¡una y mil veces!).

Todos tenemos prejuicios, hasta los más librepensadores; pero nada nos autoriza a emponzoñar con nuestra disonancia.

Amparados bajo la bandera del “pluralismo”, los medios de comunicación y la academia pisoteamos a las minorías: hemos legitimado que se hable de segregación y exclusión como mecanismos “debatibles” o aceptables en las relaciones sociales.

El pluralismo obra como trampa cuando no parte de una validación acuciosa de los contenidos por difundir, de la jerarquización del discurso (la autoridad de la voz no reside solo en un cargo público o en la validación popular del personaje).

Este panorama se oscurece con el afán de figuración (“¡epa, Colombia!”), de incorrección política, de criminalización del contradictor, de exaltación de delincuentes a través de un micrófono abierto o un atril. Con la justicia mediática.

Cuando los medios masivos o auditorios universitarios hacemos eco de mentiras y oprobios difundidos en redes sociales, otorgamos al cretino la oportunidad expedita de serlo dos veces.

“Los enemigos de la paz son los que han llenado las redes sociales de mentiras y de mitos”, lamentó Humberto de la Calle.

¿Acaso la solución consiste en darles voz solo a quienes coincidan con el pensamiento del medio masivo o el recinto académico?

La academia tiene diversas herramientas para resolver el problema; por ejemplo, la experiencia investigativa del expositor. En el periodismo solemos acudir a la pregunta: ¿a quién afecta la información? (“a quién afecta” no es sinónimo de “a quién le importa”; a muchos les importa la tintura del pelo de Messi, pero ¿a quién afecta?).

Desde que convertimos la democracia en una fiesta publicitaria, con los ojos vendados, apaleamos la piñata del pluralismo para ver qué cae: una conversación erótica entre dos funcionarios, un transeúnte que insulta a un senador en plena vía pública, un político con más de 260 investigaciones en la Fiscalía…

Hemos asumido este compromiso histórico como si se tratara de ponerle la cola al burro, la nariz al payaso.

El riesgo es que, como en toda piñata, los matones dominan la técnica de arrojarse al tumulto. Siempre cargan con el mejor juguete. Y devoran toda la torta.

 

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