Por: Yolanda Ruiz

Planeta caliente

De todas las fórmulas macabras que ha inventado la especie humana para matarse tal vez ninguna tan atroz como el castigo al planeta al que vamos acabando día tras día desde hace siglos.

Aunque todos los signos nos griten la alarma no decidimos parar ese suicidio colectivo. Cambiar ese destino es un problema suyo y mío, de cada uno.

En este caso no se trata de matarse por política, religión o fronteras. No hay celos, no hay conquista, no hay revoluciones de ningún color, ni amenaza desde alguna orilla ideológica; aquí el exterminio nos amenaza a todos y al mismo tiempo también todos somos responsables de lo que pasa. Nuestro destino está ligado al de los otros: O cuidamos el planeta o acabaremos muriendo todos con él.

La tierra nos grita su cansancio pero no queremos oír; se viste de colores extremos por los fríos, las lluvias, la sequía, los calores sofocantes, los vendavales, las nevadas sin control, pero no queremos ver.

Parte de ese grito es lo que vemos en este comienzo de año: pastos amarillos y quebradizos, animales que caminan como zombis con la piel pegada a los huesos muriendo de sed, cultivos perdidos cuando estaban a punto de cosecha, el Magdalena convertido en un riachuelo que se puede cruzar caminando en donde antes desfilaba caudaloso y potente. Y nosotros ahí, como si nada, esperando que “alguien haga algo” porque es fácil señalar que la tarea es de “los otros”.

Por supuesto que las responsabilidades son mayores en la medida en la que vamos subiendo en la escala del poder, pero cada ser humano contribuye al desastre o a la esperanza.

La expectativa era muy grande con la cumbre de cambio climático en París. Esperábamos más, mucho más, una decisión vinculante y contundente, un cambio de fondo como si por fin entendiéramos que el pellejo de cada quien es el que está en juego, pero no. Pueden más los intereses económicos y políticos, el lobby de las grandes empresas mineras o petroleras, las miradas torpes de quienes a estas alturas todavía niegan el problema. Sin embargo, algo se avanzó y ya por lo menos hemos asumido como especie que el planeta se calienta y debemos cambiar nuestro comportamiento para intentar por lo menos demorar el desastre. Es un paso pero faltan más: faltan el mío, el suyo, el del vecino… el paso que debemos dar cada uno en nuestro compromiso con el planeta.

Frenar el calentamiento es tarea crucial para los líderes del mundo pero no es menor para cada ciudadano. En este caso no nos podemos salir con la crítica fácil ni tirando piedras desde las redes sociales contra los demás. Son las bolsas plásticas que han salido de nuestras viviendas las que están contaminando el océano; es esa llave abierta sin razón en su casa la que está consumiendo el agua que hoy no tienen los animales que se mueren de sed. Esas bombillas prendidas sin razón están llevándose la energía que en algún momento nos van a racionar. Ese aceite quemado que tiramos en el lavaplatos y los medicamentos vencidos que se van al inodoro son sustancias que contaminan ríos y quebradas.

Alguien me respondía ante una reflexión similar que de nada sirve el esfuerzo pequeño porque los verdaderos contaminantes y despilfarradores de agua son las compañías mineras o petroleras, la industria y los grandes agricultores. Es cierto y es tarea nuestra exigir que eso pare, que se cumplan las normas y se cambien algunas para hacerlas más estrictas, que se compensen los daños, que se busque el desarrollo sostenible y no el depredador, pero también es cierto que si no cambiamos nuestra manera individual de encarar el medio ambiente, no lo vamos a lograr. Aunque cierren los grandes focos de contaminación, si no cambiamos en el día a día nuestra manera de vivir en el único planeta que tenemos, no habrá futuro a donde llegar.

 

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