Por: Mauricio Rubio

Pobres gringas, obligadas a pagar más

A las norteamericanas les cobran más caro que a los hombres artículos similares. Este “impuesto de género” lo pagan simplemente por ser mujeres.

Un almacén en línea, por ejemplo, vende dos patinetas casi idénticas. La rosada, para niñas, cuesta el doble de la roja, para niños. La oficina del consumidor neoyorquina comparó precios de 800 productos y encontró que las versiones femeninas eran más onerosas, sobre todo en artículos para el pelo. El feminismo de género, ya incrustado en la burocracia, impugna el sistema de precios que perjudica a las mujeres “desde la cuna hasta el bastón”. El estudio sobre “gender pricing” lamenta el “costo de ser mujer consumidora”. La hegemonía masculina somete a las mujeres hasta en el shopping. Así quienes fijan mayores precios femeninos puedan ser féminas.

Para un profesor de Yale la estafa a media humanidad se debe a que lo masculino es la norma, lo femenino la excepción y por eso cuesta más. Una economista diría que tales asimetrías se deben a que cualquier comerciante conoce o intuye la mayor disponibilidad a pagar por ciertas mercancías de mujeres, hombres e infinidad de grupos de personas y en mercados no competitivos —o sea casi todos— se apropia del “excedente del consumidor”, el monto que tras un forcejeo desembolsamos antes de quedarnos sin lo que queremos comprar. Este regateo es la historia del intercambio desde siempre y en cualquier lugar. La muestra analizada en Nueva York fue amañada y otra canasta de productos bien varoniles arrojaría el resultado opuesto. Si en bicicletas o equipos de sonido sofisticados se aprovechan de los hombres, las mujeres prefieren las joyas, ¿otro ardid sexista para explotarlas?

En Colombia, con tanta acción estatal ineficaz o corrupta, sería insensato pedir que se intervengan mercados para controlar precios diferentes por artículos similares; sobre todo cuando esa desigualdad es fácilmente evitable: basta no comprar el más caro, como hacen a diario millones de personas. La feminista intuitiva que me crió ilustraría el argumento con un “no seré la pendeja que pague el doble por una patineta rosada”, pero el feminismo de género carece de ese sentido común, se asemeja al mamertismo. Ambos beben de Marx y Engels; en su utopía, la demanda es irrelevante y los precios “justos” dependen solo de los costos. Para las prácticas oligopólicas, sin enredarse con derecho de competencia, organización industrial y otras técnicas neoliberales, prefieren enfatizar el dominio ancestral, bíblico, de los machos capitalistas. Así se aclara que el cartel de los pañales viene de una tradición que se remonta a Herodes: hacerles daño a las madres a través de sus hijos.

Amañada e incoherente, la teoría de género no sirve para definir prioridades ni armar políticas funcionales; es un imán para la burocracia arbitraria e intervencionista que se empantana en las formas. Un síntoma de irrelevancia e inadaptación de la doctrina son sus escasas seguidoras en un país de machos como Colombia, donde apenas una de cada tres mujeres reporta alguna confianza en el movimiento feminista; por regiones y estratos, entre más machistas los hombres es menor esa confianza. Incluso entre universitarias bogotanas la aceptación es precaria, y decrece: sólo 15% avalan las ideas feministas y 3% son militantes, con porcentajes bien inferiores entre las estudiantes más jóvenes. Algo no está funcionando para ganar seguidoras. Ya no basta declarar que se defiende a la mujer.

Sin desconocer los avances logrados en la lucha por la igualdad, ni subestimar el trabajo que falta, sí sería útil aterrizar estrategias desmenuzadas y adaptadas al país para enfrentar discriminaciones y violencias específicas. El futuro del feminismo pasa por personas como María Roa, focalizadas en un colectivo concreto de mujeres, no obsesionadas con la heteronormatividad, las masculinidades o la sororidad. Por algo esta líder empírica es la que expone en Harvard y moja prensa en el New York Times. “Hablemos de Empleadas Domésticas” –título para un curso que debería dictarse hace años en varias universidades- es la asociación que creó y coordina esta feminista no enredada por la teoría de género, ni las cuitas de los gais, sino sensible a la situación de un grupo delimitado de mujeres reales. Entre las habilidades prácticas útiles para esas trabajadoras, me atrevo a sugerir que les enseñen a calibrar la disponibilidad a pagar de los patrones, para cobrarles diferencialmente y extraerles todo el excedente; lo de no comprar champús más caros por su empaque o aroma de mujer es algo que saben hace rato, no son ningunas pendejas.

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