Por: Jorge Iván Cuervo R.

Populismo en el imperio

El populismo es un fenómeno político que se caracteriza por una relación directa entre el pueblo y un caudillo sin mediación de ninguna institución que regule los comportamientos y modere las expectativas, como los partidos políticos, los congresos o los tribunales.

El populismo puede ser de izquierda –como Chávez y Maduro en Venezuela-, o de derecha, como el de Berlusconi en Italia y de alguna manera Uribe en Colombia. Es en Latinoamérica donde históricamente el populismo ha echado más raíces de la mano de líderes carismáticos como Juan Domingo Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil y también de alguna manera Rojas Pinilla en Colombia, pues los regímenes autoritarios encuentran fácilmente cobijo en el populismo. El populismo generalmente se desarrolla en contextos de deterioro y desprestigio de los partidos y de las élites políticas tradicionales.

En el caso de Estados Unidos se registran fenómenos de populismo hacia finales del siglo XIX, de la mano de pequeños grupos de agricultores que se enfrentaban a instituciones como los ferrocarriles, los bancos y las empresas agropecuarias, generalmente adscritos al Partido Demócrata. Una de las razones por la cual el populismo no se consolidó en ese país fue gracias a la débil presencia de una lucha de clases debido a la prosperidad económica y a cierta igualdad formal y material luego de la segunda guerra mundial.

Pero esta sociedad igualitaria empezó a quebrarse en el contexto de las políticas de ajuste estructural –las políticas impulsadas por Reagan y Tatcher– y la creciente globalización de los mercados financieros, lo que implicó pérdida de empleos en sectores tradicionales como las manufacturas y la metalurgia que ya venían rezagándose desde los años 70 del siglo pasado, y que se reflejó en el hecho de que Hillary Clinton perdiera en tres estados históricamente afectos al partido Demócrata como lo son Michigan, Pennsylvania y Wisconsin del llamado “cinturón oxidado”, donde había una masa de población blanca sin educación universitaria que ha visto perder empleos en las últimas décadas sin que los políticos de Washington reaccionen a sus necesidades.

Con un discurso que introdujo mensajes racistas y discriminatorios contra minorías raciales, inmigrantes y mujeres, azuzando miedos reales e infundados (como en el Brexit y el plebiscito por el Acuerdo), y efectista en cuanto a lograr que muchos identificaran a Clinton con el establecimiento político y económico, el magnate neoyorquino triunfó contra todos los pronósticos, con un mensaje sencillo de recuperar la grandeza de Estados Unidos, imaginario que quedó afectado desde los ataques del 11/9.

La democracia electoral de los Estados Unidos le dio el triunfo a Trump a pesar de no haber obtenido la mayoría del voto popular, y preocupa que en su campaña haya cruzado unas fronteras discursivas que pueden ser el punto de partida de un gobierno hostil a las minorías que a su vez aliente a grupos sociales a actos de violencia o intimidación, lo que afectaría la convivencia social ya bastante deteriorada por la diferencia racial y el armamentismo privado que seguramente se disparará en estos tiempos. Tendríamos un país convulsionado luchando contra sus demonios internos, lo cual no es una buena noticia para el mundo.

La retórica anticomercio de Trump en contraste con el anuncio políticas fiscales contractivas, el nacionalismo blanco, la diatriba contra las instituciones y las libertades civiles –que se verá en sus designaciones ante la Suprema Corte-, su ignorancia en materia de política internacional, su puesta en escena mediática, son rasgos para pensar que el populismo ha llegado a la Casa Blanca, que ya no es un fenómeno de repúblicas bananas, un hecho inédito con resultados imprevisibles en el nuevo orden mundial que se avecina.

Y claro, una cosa es Duterte en Filipinas, y otra el presidente de Estados Unidos con capacidad de incidir en toda la agenda mundial. Se vienen tiempos difíciles.

@cuervoji

 

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