Por: Julio César Londoño

¡Por amor a Dios, otros 50 años de sangre y babas!

El problema que desvela a los filósofos, y al señor de la tienda, es la razón de existencia de la maldad.

¿Cómo puede un carretillero azotar su caballo, un abogado arruinar a una viuda, un pastor meterle  la mano al bolsillo al pobre, un terrorista poner una bomba en la calle, un industrial regatear el salario mínimo? Las respuestas son más complicadas que el problema. Para los teósofos, la maldad es la poesía del demonio, y Dios la tolera para que tengamos la opción de obrar bien o mal, ejercitemos el libre albedrío y alcancemos el Cielo,  o el Infierno.

Para los neurocientíficos, todos somos capaces de actos altruistas y de actos mezquinos. El resultado depende de qué prima en un momento dado: nuestro cerebro reptiliano, predador neto, o nuestro cerebro mamífero, solidario y generoso.

Los sicólogos se inclinan a pensar que la maldad extrema, como la que ejecutan algunos sicópatas, obedece a trastornos de la personalidad derivados de factores culturales del entorno del sujeto.

Me hago estas reflexiones para tratar de entender algo quizá más complejo. ¿Qué puede llevar a una persona normal a aplaudir un genocidio? Pongamos un caso concreto: conozco muchas personas religiosas, ciudadanos intachables, convencidas de que la solución del conflicto colombiano solo se logra con el exterminio de las Farc. Estoy seguro de que la gran mayoría de estos buenos hombres se negaría a hacer parte de un pelotón de fusilamiento de guerrilleros. Esta tarea, alegarán, le corresponde al Ejército, a la Policía o a los paramilitares, es decir, a los representantes armados de un Estado que les inspira poca o ninguna confianza. En suma, estas almas de Dios quieren poner el aparato militar de un establecimiento muy discutible, a matar ciudadanos colombianos sin siquiera un juicio sumario. “Sabemos donde están”, dicen en su santa simplicidad, “¡bombardeémoslos!”

No les pregunto, para evitarles una isquemia, si en la “solución final” están incluidos también los padres y los hijos de los guerrilleros, y si después de la ejecución del último guerrillero van a masacrar también a senadores, concejales, notarios, banqueros, mineros, alcaldes, gobernadores, financiadores de los “paras”, ejecutivos de las EPS y demás eminencias que desangran al país, y ya que estamos en ello, a los directores de los partidos políticos, apuntalados por “Ñoños”, “Gatas”, Oneidas, Franciscas, Nules y Names, y después, ya en el frenesí de la matazón, a ese electorado zombi que elige “Ñoños”, “Gatas”, Oneidas, Franciscas, Nules, Names, Samperes, Pastranas, Uribes, Santos, etc.

Si yo fuera tan puro como estas personas que claman por el exterminio de la guerrilla, diría que es la desesperación lo que las lleva a pensar así y a comprar la lectura que hace Uribe del país: “Las Farc son la raíz del mal y yo puedo arrancarla”. Pero su “solución” es tan inútil, y la lectura de Uribe tan disléxica, que la sola desesperación no basta para justificar tantos disparate. Es necesario admitir que una buena parte de la población colombiana tiene un sicario en el corazón, como lo demostró Fernando Vallejo en “La virgen de los sicarios”.

No es una cardiopatía congénita, por supuesto. La sembraron allí las aves carroñeras: los medios, engolosinados durante decenios con las noticias de “orden público”; los contratistas y los generales de las FFAA, adictos a esa ubre de sangre y oro, y los líderes políticos, que siempre salpimentaron sus discursos con arengas contra las Farc y esquivaron los debates sociales de fondo. Todos estos mercachifles son los responsables de que varios millones de colombianos tengan la cabeza vuelta cisco y piensen hoy, después de 50 años de muerte y babas, que es genial votar por el NO e iniciar otro largo ciclo de muerte y babas.

 

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