Por: Luis Carlos Vélez

Por nuestros hijos

Aunque fue presentado por el presidente Santos al Congreso adornado con cintas del tricolor nacional, el mamotreto de 297 páginas bautizado “Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable duradera” es un “frankenstein” difícilmente digerible para el lector promedio.

Sería inocente pensar que el resultado de cuatro años de intensas negociaciones respaldadas por equipos de asesores legales en ambos lados terminara en un escrito didáctico, sencillo y directo. Por lo tanto, es irreal suponer que los colombianos votarán entendiendo plenamente lo negociado.

Sin embargo, su publicación permite acabar con una serie de mitos que se crearon para destruir su contenido y generar el imaginario, a punta de repetición, de que Santos regaló el Estado a las Farc. Eso no es así.

Lo que sí quedó en el documento es un buen número de compromisos y promesas de proyectos. Pero, repito, de venta del Estado, refundación de la Nación o impunidad total, nada de nada.

Con esos miedos atrás, queda claro que el acuerdo es una apuesta hacia el futuro sobre lo que se puede lograr sin una guerrilla armada y participando en política versus una saboteando y matando, como lo venía haciendo desde hace 60 años.

Es por eso que, tras leer el documento, se entiende que, en el fondo, el más uribista de los opositores sabe que el No está más alimentado por la venganza que por un deseo de un acuerdo mejor. La negociación, evidencia el escrito, fue la más perfecta dentro de sus imperfecciones.

No desconozco el deseo de muchos de que los altos miembros de las Farc se pudran en la cárcel, pero reconozco que este escenario que se presenta es, en términos relativos y no absolutos, el mejor posible. El voto en el plebiscito es una determinación histórica que debe hacerse desde los beneficios a futuro y no a partir de la coyuntura o admiración política. El plebiscito no es una refrendación de Santos ni la reelección del legado de Uribe. Pensar en esos términos es tan mezquino como quienes así lo promueven. Esta cita es sobre el futuro de una nación, no sobre dos personas.

Este voto marcará la vida de nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, como las acciones de nuestros padres y abuelos marcaron la violencia con la que crecimos. Nosotros heredamos esta guerra, no sería justo hacer lo mismo con nuestra descendencia. Es mejor apostarle a la paz que confirmar la certeza de la guerra.

La determinación que tomemos como país poco o nada tiene que ver con el pasado, simplemente por que éste ya pasó y es tan oscuro que es mejor que se quede enterrado para siempre.

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