Por: Patricia Lara Salive

¡Por Piedad!

#Símelajuego. ¡SÍ al plebiscito por La Paz!

En febrero, cuando condiscípulos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de los Andes almorzamos en mi casa para recordar los años en que compartimos pupitre, la poeta Piedad Bonnett nos pidió nuestra opinión sobre un correo que le había mandado un profesor de arte de la universidad, colaborador y crítico de la revista Arcadia. Se trataba de la transcripción de un pésimo y aterrador texto de un alumno sobre su maestro en el Gimnasio Campestre, Daniel Segura, hijo de Piedad, quien se suicidó hace cinco años, como ella lo narró magistralmente en su libro Lo que no tiene nombre, publicado hace tres años.

En ese correo, fechado en enero, iniciado con un antipático “Piedad, hola”, y terminado con la inicial del profesor —sin una palabra grata de despedida—, donde se refleja que tanto él como el alumno carecen de la más elemental solidaridad ante el dolor de una madre destrozada por la tragedia de su hijo muerto, el profesor antepone la siguiente explicación: “En la clase que dicto en la universidad escribimos textos a partir de películas, la semana pasada comenzamos con Harold y Maude de Hal Ashby y acabo de leer un texto que es sobre Daniel, tiene su carga agridulce, aquí va:

La Cara Roja de Segura”.

En el escrito, el estudiante incluye frases como estas: “Nos reímos y nos seguimos burlando de la cara de Segura, roja por la furia y la fuerza que había realizado.

Esa cara roja que vimos en el salón de clase fue probablemente muy similar a la cara roja que vieron quienes pasaban por la calle cuando Daniel se votó (sic) desde su apartamento y dejó pintado el piso con su sangre.

Lo curioso (…) es que, a pesar del impacto inicial (…), después de un par de minutos, mis amigos y yo (…) sólo nos estábamos riendo al recordar la historia…”.

A medida que Piedad leía, mis ojos se inundaban. La indignación de los asistentes al almuerzo, varios de ellos brillantes profesores de literatura durante décadas, fue unánime. Todos coincidimos en que personas tan incapaces de sentir empatía y solidaridad no pueden enseñar ni opinar en los medios, pues seguro transmiten los antivalores que este país necesita erradicar: el irrespeto, la desconsideración, la insolidaridad, el matoneo, la falta de generosidad, el odio, la inclinación a la violencia.

Por eso pensábamos que, ante la queja que Piedad le había presentado al rector, la universidad sancionaría al profesor. Es más, yo creía que lo destituiría.

Pero no: cerraron el caso después de invitarlo “a hacer una reflexión sobre el límite que existe entre lo que él considera público y la sensibilidad de las personas”. Por ese motivo, Piedad ventiló el triste episodio en su columna. Y lo hizo porque ella y muchos uniandinos y colombianos creemos que la Universidad de los Andes se equivocó.

El domingo, al publicarse la columna de Piedad, alguien reveló el nombre del profesor en las redes y él, en su blog, dijo que ella había omitido decir que él, al enterarse de su queja ante la universidad, le había ofrecido disculpas. Concluyó con un “de verdad lo siento”, acompañado de una reflexión inconcebible: “tampoco sé lo que es el dolor de perder un hijo”, dijo.

(¿Y no se lo imagina, señor?).

Entonces se armó la polémica: muchos se solidarizaron con Piedad, pocos apoyaron al profesor y algunos lo alabaron por disculparse.

¡Pero, por Dios, si esa no es la discusión! Se trata nada menos que de definir cómo deben ser los seres humanos que forman a nuestros jóvenes y hacen reflexionar a los lectores…

www.patricialarasalive.com

 

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