Por: Daniel Pacheco

Por qué volver a Colombia

“¿Y por qué volvió?", me preguntan mucho. Les sucede lo mismo a muchas personas que, luego de vivir un buen tiempo afuera, en un país del primer mundo, deciden volver a radicarse en Colombia. (Yo estaba en Washington como corresponsal de Caracol TV y Blu Radio).

La pregunta pocas veces tiene un tono neutro. Viene más cargada. La gente no quiere sólo saber las razones de cada quién para regresar al país. Algunos quieren preguntar en realidad “¿por qué volvió a este hueco?”. Para otros la sorpresa viene más por el lado de “¿por qué dejó el lugar donde hay más oportunidades?”.

Y ambos tienen algo de razón. Colombia, desde cierta perspectiva, es realmente un país muy imperfecto. Afuera, con algo de suerte y esfuerzo, hay más oportunidades para educarse mejor y tener un nivel de vida superior.

Pero, intentando no caer en la lógica de cola de león y cabeza de ratón, podría argumentarse que precisamente porque Colombia no es Estados Unidos, no es Europa, ofrece retos y oportunidades más seductores que las del primer mundo.

Incluso con el posible final de la guerra —que nos aleja cada vez más de la fantasía de la violentología, que para los periodistas era la corresponsalía de guerra— la efervescencia social y política de este país tiene pocos parangones. La incertidumbre del futuro es precisamente un campo de oportunidades emocionantes e inciertas. Una invitación a reinventarse, una identidad nacional anclada en unos parámetros que nunca son los de esta generación. Una generación que ya tiene los medios para mirar afuera.

Más allá de quién gana la paz, estamos viviendo nuestra versión de la caída del muro de Berlín. Y se demoró tanto en desmoronarse que en Colombia los testigos del fin de esta era de Guerra Fría serán millennials. Estamos en las puertas de lo que podría ser un New Deal, y si no, de un enorme fracaso. Como sea, seremos parte de una historia más significativa que la cantada derrota de Donald Trump en la comedia presidencial del norte.

Sobre todo viniendo de afuera, todavía con algo de perspectiva por la distancia, se vuelve a un país que está mejor que antes. Así se ve desde afuera, donde el peso y el dolor de los problemas de adentro no se sienten tan de cerca. Desde la frialdad de los indicadores —pobreza, salud, educación, riqueza— no hay duda de que el pesimismo es emocional y no está racionalmente sustentado.

Sobre todo, hay tanto por hacer. Tanto por romper. La estratificación de una sociedad con maneras feudales, donde el portero y el propietario son tan parecidos, y aun así se mantienen separados con barreras de sumisión y opresión cada vez más ridículas y anticuadas. Donde el nepotismo brilla como un vidrio reluciente en un país con tantas piedras en la calle.

Al final, la decisión de si asistir a un momento de quiebre en un país modesto en proporción global, frente a quedarse sobre el lomo cómodo de una superpotencia, no parece tan difícil. Más difícil resultó escapar a la metáfora del león y el ratón. Pero no es cualquier ratón.

@danielpacheco

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