Por: Eduardo Sarmiento

Posconflicto y caída de la economía

Luego de las celebraciones del acuerdo de paz, adquieren especial importancia el plebiscito y el posconflicto. Cuando se inició el proceso de negociación de La Habana, la economía evolucionaba normalmente y se predecía que el producto pasaría a crecer por encima de 6 %. Así, se esperaba que el sistema generara excedentes para financiar el posconflicto y que la distensión mejorara la actividad productiva y el empleo.

Las condiciones han variado radicalmente. La economía experimentó en el último año y medio un proceso general de deterioro. El producto crece 1,5 % y el empleo cerca de cero, los déficits fiscal y en cuenta corriente ascienden a 3,5 % del PIB y 6 %, respectivamente, y las tasas de interés superan el 10 %. El balance macroeconómico se quebró. Los indicadores más recientes revelan una caída libre que no es percibida por las autoridades económicas.

Las condiciones de la economía no dan margen de maniobra. El déficit fiscal ha llegado al máximo nivel sostenible. Se entró en el estado en que el mayor endeudamiento se destina a cubrir los intereses del pasado. La elevación de la tributación, en particular el IVA, acentuaría las tendencias recesivas; lo que se gana con las tarifas, se pierde por la menor actividad productiva. Así lo reconoce el Gobierno en el Programa de Sostenibilidad Fiscal de Mediano Plazo. Allí se contempla una reducción de la inversión pública en 2017 y un recorte drástico del déficit fiscal para los próximos cinco años.

La salida no es montar una estructura de gasto por encima de la producción o de importaciones por encima de las exportaciones. Mal podría acentuarse el desajuste que viene de atrás introduciendo a ciegas un acuerdo que no se conoce en sus detalles y al que le faltan los trámites legislativos del Congreso.

El país está ante el fracaso de la apertura guiada por el mercado. No se logró articular la relación entre el crecimiento y el comercio internacional. Se configuró una estructura comercial deficitaria financiada con inversión extranjera y los precios de las commodities. La economía terminó en una encrucijada de bajo crecimiento, elevados déficits y alta tasa de interés que la dejaron sin discrecionalidad fiscal.

La solución es cambiar la estructura económica que crea la incompatibilidad con el posconflicto. En la práctica se conseguiría con una política industrial y agrícola que aumente las exportaciones que tienen demanda mundial, la reducción drástica de las tasas de interés y la intervención del mercado cambiario. De esta manera, la reactivación de la economía generaría los recaudos fiscales y crearía las condiciones para elevar en el momento propicio la carga tributaria de los que tienen más. Los recursos del posconflicto provendrían de la nueva orientación económica.

En esto no han sido fructíferas las inculpaciones de los expresidentes a las administraciones de sus colegas. La verdad es que el modelo económico se aplicó durante los últimos veinticinco años en las distintas administraciones y en la gestación contribuyeron personalidades neoliberales que alternaban de un gobierno a otro. Mucho se podría avanzar si reconocieran los errores de la apertura y la austeridad del Banco de la República y ofrecieran alternativas para remediarlos.

La campaña por el sí se debe orientar a mostrar cómo se enfrentarán los compromisos de La Habana dentro de la crisis económica. Es posible que en el momento no existan los recursos para el posconflicto, pero la economía está en capacidad de generarlos en la medida en que se normalice y crezca. Lo importante es dejar en claro en los votantes que los compromisos no lesionan el bienestar de la mayoría de la población y mejoran la distribución del ingreso.

 

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