Por: Lorenzo Madrigal

Posesión de Henry

Al rayo del sol, la Plaza de Bolívar.

Por encima de la cabellera nevada y áspera del nuevo mandatario, lucía magnífico el Palacio Liévano, con líneas precisas, sin un leve error de plomada, clásico, francés. Hermosa edificación de alongamiento inusitado y casi diría que le van a hacer falta las arengas del anterior alcalde desde aquel balcón de hierro.

Allí estaba de nuevo Enrique Peñalosa Londoño (o Henry, familiarmente), tomando posesión de su Alcaldía (es que eso es de él). Saludos en el discurso, exclusivos y excluyentes, lo que parece inevitable; presencia del Cardenal Arzobispo, sin arreos; vimos a Jaime Castro (o catastro), al famoso comediante Alerta y, por supuesto, a los nuevos dueños del juramentado, el partido Cambio Radical y su adalid, Germán Vargas, con gesto de sol y de falta de cigarrillo, y en la tribuna Carlos Fernando Galán. Fue jefe de ceremonias El Gato de Sábados Felices. “¿Cómo se llama este programa?”, parecía vociferar y que le contestaran: “¡Bogotá, mejor para todos!”.

Peñalosa se inscribió por firmas, conquistadas en los buses o agachándose a las ventanillas de los autos, pero lo incluyeron en su facción el antedicho Galán, el hoy ministro Luna y el vicepresidente y candidato, Vargas Lleras. Y, como la política es inevitable, en esa circunscripción quedó anclado el nuevo alcalde, en cierta forma limitado y tocado sin proponérselo de aquella frialdad por la paz de Santos, que caracteriza a los Radicales.

Peñalosa comienza una tarea que no sé cuánto vaya a gustar. Solución para la movilidad es la esperanza puesta en este hombre grande y no solo de estatura. Lloverán impuestos y restricciones, peajes urbanos y pagos por congestión (pobrecitos los que no viven en el campo), aunque las ciudades aledañas cobrarán por réplica sendos impuestos de llegada o aproximación. Tal vez por el enorme costo de su funcionamiento salgan algunos vehículos de circulación, pero lo dudo.

El planteamiento es simple: muchos carros y motos entran a las vías capitalinas y siguen entrando, sin pausa. Nadie toca a las concesionarias y mucho menos a la propiedad particular. Como se volvió imposible disfrutar de un vehículo en Bogotá, ¿qué tal una restricción en la propiedad de los mismos o una limitación por saturación de existencias rodantes, con repercusión en importadoras y concesionarias de venta? Pecado capital contra el mercado libre. Pero no hay manera de llegar de un lado a otro, en tiempo razonable, dentro de una ciudad colapsada. Y ya no es como decía Peñalosa en su primer gobierno: “Solo el 20% de la población tiene carro”.

Pero si esa cifra hubiera sido cierta, el 90 o el 100 por ciento tiene que vérselas con vehículos en rodamiento, propios o ajenos. Y Las ciclas, ¡ay, las ciclas!, son el sueño de una noche de verano para una ciudad invernal.

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