Por: Columnista invitado

Posverdad

Esta es, según el Diccionario de Oxford, la palabra del año.

Por Iván Garzón Vallejo

No sólo por su uso (2.000 % más que en 2015), sino por su significado aparentemente novedoso. Se refiere a la irrelevancia de los hechos y la apelación a las emociones en el discurso político. Más allá de la evidencia estadística, no es clara la diferencia entre posverdad y demagogia, populismo o propaganda, conceptos clásicos de la ciencia política que los politólogos utilizan independientemente de que las urnas les den la razón.

Quizá tan solo sea una anécdota lingüística. En cualquier caso, lo que sí es claro es la dificultad de ciertos políticos, intelectuales y periodistas de explicar por qué, si sus creencias son más racionales y mejor fundadas empíricamente, es decir, si son la verdad, no persuaden a la mayoría de votantes.

Y es que la posverdad y su tono indignado revelan el relativo fracaso del proyecto ilustrado en Occidente según el cual ser moderno consiste en ser racional, agnóstico y progresista. Y por eso, si el elitismo ilustrado es mayoritario en clubes sociales, universidades y salas de redacción, no lo es en asociaciones de padres, iglesias y familias donde también deliberan y votan.

El despiste de los intelectuales, analistas y periodistas de la posverdad se refleja en su irremediable tendencia a sojuzgar a quienes vencieron en las urnas y a excusar la desconexión del elitismo ilustrado con el ciudadano promedio. Aunque los argumentos varían, se reducen a uno: “quienes no son ni piensan como nosotros, son tontos”. Que sólo leen noticias falsas en Facebook, explicó uno por acá. Que la gente ya no confía en los expertos, escribieron por allá. Que votaron con rabia y solo creen las mentiras de sus líderes, sentencian como proclamando el resultado de un medidor de malas energías.

La cantaleta del elitismo ilustrado impide ver que millones de ciudadanos reclaman que la democracia sea el gobierno del pueblo y no una oligarquía de los políticamente correctos, y lo hacen valer en las urnas, acaso el único escenario donde los toman en serio. Este antielitismo apoya candidatos y propuestas con sentido común (las cosas para las que no hay que leer 300 páginas o conocer la burocracia comunitaria), las medidas drásticas (pues a la gente, lección de Maquiavelo, le gustan los liderazgos fuertes), las soluciones a los problemas de todos (no los de los activistas) y los mensajes contundentes (sí, hacer grande a Estados Unidos de nuevo).

Estamos ante un recambio en los liderazgos y el resurgimiento del nacionalismo y el populismo, temas que la ciencia política había jubilado para ocuparse de las identidades híbridas y los movimientos sociales. Pero sobre todo, ha vuelto a la escena el problema clásico de la representación con dos preguntas ácidas: ¿Los líderes representan a los grupos de poder o a los electores? ¿Los temas de la agenda pública son los que interesan a las élites o a todos los ciudadanos? Necesitamos postindignación para entender para dónde vamos.

@IGarzonVallejo

 

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