Por: Oscar Guardiola-Rivera

Posverdad

El diccionario Oxford ha propuesto que el adjetivo “posverdad” califique las realidades del año que termina.

Es útil para cubrir notas recientes, aunque “engaño” lo es más: las mentiras de los del No y los del Nunca, el discurso inverosímil de Trump en América y del brexit sobre el sueño ahora pesadilla de Europa, las justificaciones de los golpistas contra Dilma Rousseff y el Partido de los Trabajadores, o el no menos inverosímil despido o condena ante el tribunal de una opinión nunca menos ilustrada en los casos de escritores como Carolina Sanín en Colombia o George Cicarello-Maher en los Estados Unidos. El término es entonces calificativo y síntoma de un profundo malestar en la cultura actual.

Pero los orígenes de esta palabra llevan a la más larga y complicada historia de aquella otra con la cual está emparentada: probabilidad. Para los antiguos, hablar de probabilidad, lo que parece similar a la verdad, implicaba que los estándares de confianza o entendimiento mutuo a los que adherían políticos oradores, artistas y la gente común no se suponen sometidos al criterio de verdad. Se la asociaba con la mera semblanza, como las sombras de la caverna platónica o las exageraciones de los cantos de guerra Araweté. Su virtud consistía en servir como clave para acceder a la realidad cuando ésta elude o se opone al rigor filosófico y las ciencias, tanto como al control que tales saberes ponen en manos humanas. Este doble aspecto de la realidad, de una parte misteriosa y de otra objeto de control, técnica y acumulación, coexisten en la medida en que en ambos casos las pretensiones del discurso dependen de mantener la distancia entre las prácticas humanas y la realidad unificada y última que ambas presuponen.

Entre 1550 y 1700 la teoría probabilística difumina y cubre dicho aspecto doble al ocupar el lugar de la probabilidad antigua. Podría decirse que la proyección lineal, la estadística y la doctrina de los juegos de azar tanto como la forma “realista” de la novela inventaron de tal manera la modernidad. Cuando menos determinaron nuestras ideas modernas de naturaleza, sociedad y riqueza.

El efecto fue revolucionario, mas no por ello deberíamos creer que se ha disuelto la antigua paradoja que acompaña el acto de permitirnos acceso a la realidad al tiempo que ésta se oculta. Al contrario, lo que revela el año de la posverdad es que la distancia entre lo verosímil y la verdad ha regresado furiosa y vengativa. Trátese del cambio climático o del escepticismo frente a su ciencia, de la incapacidad de los neofascistas en la academia y sus homólogos en la Casa Blanca o Planalto para distinguir entre formas retóricas exageradas y violencia, hemos perdido de vista la distancia que nos permitía orientarnos. Y sufriremos las consecuencias.

 

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