Por: Francisco Gutiérrez Sanín

¿Preguntas inocentes?

Desde que comenzó el proceso de paz, me opuse a la idea de que su culminación natural fuera una constituyente. Tenía muchas razones para ello.

Por ejemplo, es claro que una de las grandes debilidades de las Farc —que una vez entregadas las armas tienen un potencial democrático real— es su desconocimiento del Estado moderno. Y además, ¿a cuento de qué culminar una guerra con una Constitución, que quizás contenga el embrión de la siguiente, como en el siglo 19? La agenda de La Habana, pensaba, contiene elementos mucho más transformadores que el pedazo de papel en el que se consagraría, verbalmente, el nuevo orden. Y por último, ¿cuáles eran las ideas realmente significativas detrás de la constituyente que no estuvieran contenidas ya en otras agendas? ¿Prohibir la corrupción por decreto? ¿Establecer terminantemente que los altos funcionarios no pudieran tomarse selfis en los momentos en que los atacaran los impulsos poéticos? No veía ninguna idea-fuerza que exigiera una nueva Constitución. La del 91 es MUY imperfecta, pero buena, y ya adquirió el encanto de los proverbiales zapatos viejos del Tuerto López. ¿A cuento de qué cambiarla?

 

Pero creo que este es el momento de repensar todo esto, por una razón muy sencilla: la política. La grande. El asunto se puede resumir de manera muy concisa: el centro político, que por ahora tiene todos los sartenes por sus respectivos mangos, debe poder entenderse con los extremos. Pues la paz ha de ser sostenible. Y la extrema derecha, de manera taimada pero inequívoca, se dirige a la idea de una constituyente (si el lector tiene los hígados, le recomiendo que mire el Foro Ideológico del CD (http://www.centrodemocratico.com). Lo hace por razones ideológicas pero también estratégicas: necesita la reelección. Su caudillismo, que es la pepa de su identidad y su razón de ser, le está pasando una abultada cuenta de cobro. Sin Uribe, el CD no puede hacer efectivo electoralmente su capital político; no tiene la menor oportunidad de ganar. Con Uribe, se le abren las puertas. Ya no tiene garantizada la victoria, pero puede competir duro.

Por tanto, la constituyente podría convertirse en un escenario de retorno de la izquierda armada a la civilidad, y de suspensión de la oposición anti-institucional y profundamente subversiva de la extrema derecha a la paz. El lector dirá que se trataría en realidad de una caja de Pandora, con toda clase de riesgos. Y no se equivocaría en lo más mínimo. Uno sabe cómo comienzan estas cosas, pero no cómo terminan. Pero no hacer nada, o limitarse al plebiscito, también genera incertidumbre. El Gobierno ya ha dado muestras de querer arribar a un entendimiento con el uribismo. Y la operación tiene sentido. Se pregunta uno qué costos tiene para la paz convivir con una oposición brutal y desleal por parte de un sector político grande e importante. Lo malo es que es difícil pensar sobre qué bases se puede construir un entendimiento con la extrema derecha. Una constituyente le permitiría batirse por su reivindicación más estratégica, sin ceder en lo más mínimo los fueros de la paz, y dándoles voz a los nuevos entrantes (estoy asumiendo, y rezando para, que el Eln se dé cuenta que en política, como en música, el ritmo cuenta).

Todo esto es muy tentativo. Pero la experiencia me ha mostrado que, si en algo se parecen esos dos ámbitos tan diferentes como son la vida intelectual y la política, es que es siempre mejor plantearse las preguntas incómodas a tiempo. Y esta es la coyuntura clave en que los actores de la paz, con toda la legitimidad nacional e internacional obtenida en los últimos días, tienen el margen para reflexionar sobre los mecanismos de refrendación. De hecho, plebiscito y constituyente no necesariamente serían contradictorios. Es el momento de pensarlo.

 

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