Por: Juan David Ochoa

Presidente Trump

Ganó Trump. Aún suena grotesca esa verdad por más que el sano escepticismo haya sugerido esa posibilidad contra todos los estudios, contra todos los pronósticos, contra todas las cátedras eruditas de especialistas en política internacional, contra el poder absolutorio y lacónico de Wall street y de la fundación Clinton y de la prensa poderosa desde la costa de Carolina del Sur hasta la costa de Washington. Ganó Trump, y desde ahora es el señor presidente del país más poderoso del mundo con los poderes públicos a sus pies.

Las razones del disparate ya fueron descritas entre el mismo sano escepticismo que reconoce el mareo de un sistema agobiado y flemático, la permanencia insultante de las mismas élites en una historia de siglos sin resultados mayores, las nostalgias por la bonanza previa a la recesión del 2008, y la tendencia cíclica de un movimiento de péndulo entre los dos partidos eternos, desde los rencores más babeantes  al progresismo virtuoso, desde las diplomacias más cultas a los intervencionismos feroces, por una extraña y curiosa razón que tal vez tenga que ver con lo abrumador de una población de 300 millones de habitantes pugnando desde el siglo de Lincoln entre los suspiros del humanismo  y las banderas supremas de una raza superior que nunca cede.

Ganó Trump. La tradición de un establecimiento paradigmático entre los Estados del mundo acaba de ser derrotada por una nación exhausta, inclinada a una revelación estrambótica  y encarnada en una figura exterior a las lógicas partidistas, ajena a los métodos clásicos, lejana de una diplomacia solapada que ha demostrado también altos índices de violencia y muchas historias de persecución sin tanta furia pública o gestos provocantes. Ahora la quieren de frente, sin discursos de argumentación que vayan más allá del pragmatismo con el que se enseñaron a vivir para ocultar la sombra del loser que los espanta. Quienes votaron por Trump a cambio de la tradicionalista Clinton, a cambio del tedio del sistema y del bostezo de una costumbre sin satisfacción, lo hicieron con la consciencia del vértigo de ver por fin algo novedoso aunque sea repugnante, algo vibrante aunque sea aterrador, una historia nueva entre el tedio de un largo fraude de esa salvación que tanto se idealiza cuando la moral respira tan profundo entre las constituciones.

El próximo futuro ahora es más incierto que la misma campaña presidencial cuando estaba en sus apuestas más intensas. El presidente Trump se yergue sobre la historia política de su nación sin ser un político y sin la intención de serlo, sin haber ocupado nunca un puesto público y sin querer dirigir la oficina oval con la tradición de un calculador mesurado. Cuenta con las dos cámaras republicanas y las altas cortes a su favor aunque parezcan distantes en la forma y el tono, y con  la gracia de saberse un vencedor con todos los métodos anti-establecimiento.

Jugó bien el candidato Trump, los resultados lo convencen. Ahora apostará más alto con las puertas del poder abiertas a su voluntad. Mientras tanto en los condados del sur, entre las viejas antorchas resucitadas de la guerra civil, celebran los reductos del Ku klux Klan alrededor de un mantra: “Make America Grate Again”.

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