Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Proletariado intelectual

Era el final de la hegemonía conservadora y el estado financiaba los colegios privados de las ciudades colombianas por medio de subvenciones y “becas para los hijos de familias pobres”.

En 1928, el colegio bogotano San Bartolomé, que recibía grupos de estudiantes becados, comenzó a cobrar pensiones de cinco pesos a todos sus alumnos. Según explicó el entonces ministro de Educación, José Vicente Huertas, las directivas preferían ser autosuficientes y no depender de los subsidios estatales. En memorándum dirigido al Ministerio, el reverendo cura y rector del colegio resumió sus motivos: “La experiencia nos ha enseñado que la mayor parte de las familias puede pagar esta suma, y que a los niños que no puedan pagarla, no les conviene desviarlos de las profesiones del trabajo para meterlos por el camino de la Universidad, donde irán a aumentar el proletariado intelectual”. “En realidad”, explicó, “la mayor parte de estos alumnos de familias pobres no terminan el bachillerato, sino que salen pronto a colocarse con una preparación inadecuada y frustran los sacrificios que el Gobierno se impone para el fomento de la segunda enseñanza y la preparación de la juventud para carreras superiores”.

El memorándum, que olvida mencionar que el colegio aumentaría sus ingresos con el cobro de matrículas y seguiría funcionando en edificios públicos sin pagar arriendos, insinúa que la medida estaría colaborando con el futuro nacional. No sólo impidiendo la formación de un “proletariado intelectual” sino también ahorrando dineros públicos en misiones educativas imposibles. La filosofía del reverendo y rector captura varios aspectos de lo que fue la educación colombiana en la primera mitad del siglo veinte.

Como nos enseña hace algún tiempo la profesora Aline Helg, las élites nacionales decidieron impulsar un proyecto educativo sólo después de fracasar en ensoñaciones de inmigración masiva de europeos y mejoramiento de la raza. Si el blanqueamiento no iba a mejorar al pueblo, tendría que hacerlo la educación. El sistema educativo, sin embargo, no sería el de todos para todos y la ropa al río. Por el contrario, como dice Helg, “la solución fue que, a medida que se creaba el sistema público, se reforzó el sistema educativo privado. Dos sistemas paralelos que evidenciaban muy bien las divisiones sociales y sociorraciales del país”. Como en el caso del San Bartolomé, el estado les ponía velas a instituciones privadas en las ciudades. Entretanto, además de las asimetrías entre planteles oficiales y privados, crecía la brecha entre educación urbana y rural. A lo largo de todo el año 1927, el territorio escolar del departamento de Arauca recibió desde Bogotá un total de “2.000 cuadernos en blanco, 1.000 catecismos, 500 Cartillas de Higiene, 100 ejemplares del Compendio de Historia Patria, diez mapas, pizarras, 300 cajas de tizas, portaplumas, 100 docenas de lápices, litros de tinta y 25 cajas de plumas”.

La revolución en marcha trató de distanciarse de la Iglesia y el gasto en educación aumentó de manera importante en los gobiernos del Frente Nacional. La década del 60 alojó el propósito de educación primaria universal que vino con cientos de nuevas construcciones escolares y con la creación de los Institutos Nacionales de Enseñanza Media Diversificada (INEM). Los 70 fueron importantes para el sindicato de educadores Fecode que se hizo a algunas reivindicaciones salariales. Durante las últimas décadas ha subido la inversión en educación, sin que necesariamente haya aumentado la calidad. Pese a los cambios, la filosofía de aquel reverendo rector sigue vigente. Dos sistemas educativos paralelos: el privado, mucho mejor en calidad que el oficial, recibe además subsidios públicos. Reciben dineros públicos la Universidad de los Andes o la Javeriana o cualquier privada de ciudad, a cambio de unos pocos alumnos. El 2 % de la población de estudiantes de menores ingresos que quieren continuar sus estudios son escogidos por Ser Pilo Paga. Así, sigue siendo reducido el grupo de los que siguen el camino de lo privado.

Ñapa: mi solidaridad con la profesora Carolina Sanín que habló de esto desde adentro.

 

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