Por: Catalina Uribe

Protestar contra los habitantes de la calle

En 1977 la organización neonazi más grande de EE.UU. anunció una marcha para exponer sus ideales en un suburbio judío a las afueras de Chicago.

El caso llegó hasta la Corte Suprema, la cual, considerando la libertad de expresión, decidió autorizar la marcha aunque no en el barrio judío. La decisión tuvo un sabor agridulce: ¿es acaso legítimo protestar en contra de la existencia de un grupo de la población?

Las decisiones sobre marchas ideológicas son siempre controversiales; unos alegan la importancia de expresar los ideales mientras otros argumentan que incitan al odio. Una disputa no muy distinta vivió el país hace unas semanas con relación a unas ciertas cartillas. Por días, una parte del país se sintió en el derecho de expresar su odio contra una minoría, cuya falta, más o menos, también es la de existir.

En una línea no muy distinta algunos ciudadanos salieron en días pasados a protestar contra los habitantes de la calle. Los manifestantes aseguran que los exhabitantes del Bronx les han traído inseguridad a sus barrios, causándoles además pérdidas en sus establecimientos de comercio. La situación es problemática, sin duda. Pero, ¿es contra los habitantes o contra la Alcaldía que se deben dirigir las protestas?

Por el horror que se vivía en el Bronx fue una buena decisión su intervención. Sin embargo, también es un problema el drama humano que están viviendo los habitantes de la calle. Las protestas deberían estar encaminadas a pedirle a la Alcaldía políticas claras para el cuidado de esta población, no a protestar contra su presencia. De donde estamos a la “limpieza social” hay un solo paso.

Es bueno que las sociedades ventilen sus ánimos para que luego no exploten. Sin embargo, una cosa es airear las inconformidades para que ley se amplíe y proteja, y otra es pedir la aplicación injustificada de violencia contra otro grupo de seres humanos. Es hora de que dejemos de creer que es posible irse así sin más en contra de alguien sin pensar en las terribles consecuencias que tales discursos traen consigo. También es hora de que la Alcaldía entienda que los habitantes de la calle son igualmente su problema.

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