Por: Lorenzo Madrigal

¿A qué fueron al Vaticano?

El presidente Nobel ya tenía cita convenida en la sede papal, pero el expresidente Uribe, a quien le preguntaron a última hora si no había sido invitado —y lo llamaba nadie menos que el secretario de Estado— debió embarcarse a las volandas, para no desairar al Pontífice.

A esta hora no se sabe con certeza qué fueron a hacer, porque una visita de cortesía a 13 horas de avión no es lo usual, para ser despedido con un empujoncito en la espalda, en dirección a la puerta del despacho papal y luego ésta cerrarse a cargo del “buen Georg”, con algún chirreo de goznes.

Ninguno iba a ceder. El Nobel porque su postura es inamovible si no cuenta con el permiso de la guerrilla y de su abogado Santiago y el expresidente porque su reclamo se retrotrae al plebiscito de octubre y, así lo parezca, no es el dueño único de esa decisión popular. Me parece, con atrevimiento, que Su Santidad no está bien informado de lo que realmente sucede en Colombia. En su momento dijo que el Gobierno estaba jugado por la paz y la oposición por la guerra, todo lo contrario de lo que ordenó considerar la Corte Constitucional para desvirtuar esa patraña oficial.

Una cosa es la buena voluntad mediadora, preferiblemente oportuna, y otra cuando hay hechos cumplidos inmodificables, luego de cerrarse mal un convenio de paz, recibir los aplausos ligeros del universo mundo y otorgarse un premio Nobel, que se anticipó para conjurar el rechazo a los acuerdos que se expresó en las urnas.

Bonito, emocionante, que el Santo Padre cite a sus hijos de iglesia y estos acudan desde cualquier “rincón del mundo” (para usar palabras del mismo Pontífice) y al instante. Pero no era fácil citar a alguien de urgencia, hallándose a un mar de distancia, con pocas posibilidades de avenimiento, mal calculadas por sus presuntos gestores: el cardenal secretario Parolin y el nuncio Balestrero.

Me pregunto si el papa sabía bien que ese señor bajito, de cabello blanco y crespo, tez sanguínea de salpicados rojizos, ojos más bien claros, gafas etéreas, era el difícil líder colombiano, de ocho años en el poder y que se había trasladado apresuradamente desde su país, para atender una cita corta con el jefe de la Iglesia universal. O si a éste le dijeron que el invitado se hallaba en la vecindad, rondando Europa, como el presidente Nobel (así hay que llamarlo ahora), de palacio de gobierno en palacio de gobierno.

No pudo Roma en esta ocasión hacer mayor cosa en un país dividido donde se impuso que los acuerdos derrotados, apenas retocados, pasaran a un Congreso con mayorías seguras. Entiendo que no podría pensarse que quien contaba con una carta ganadora en las urnas, burlada por el Ejecutivo o, como dicen, conejeada, fuera a adherir sumisamente a la maniobra que, con el apoyo de Noruega, dejó incólumes en su mayoría los pactos rechazados de La Habana.

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