Por: Arturo Guerrero

¡Qué gritería, detengan el mundo!

“Están pasando tantas cosas tan fuertes, importantes y contradictorias en el mundo que mi capacidad de asombro, de compromiso con diferentes causas está saturada”. Así comienza un post subido ayer a Facebook por una mujer ´al borde de un ataque de nervios´.

Profesora de economía en la U. de Los Andes, creadora y alma de un programa para dotar de lavadoras eléctricas a hogares pobres donde mujeres y hombres aprenden y comparten el aseo de la ropa que antes hacían ellas a mano.

Hace apenas dos semanas presentó en su alma mater, en coautoría con colegas, una investigación sobre propiedad y titulación colectiva de tierras entre comunidades afros del Chocó. Ximena Peña, pues, es una intelectual posgraduada en el exterior, académica, insertada además en la médula de la desventura colombiana.

Está fatigada. ¨Necesito ´bajarle el volumen´ a lo de afuera. Qué gritería¨, así concluye su texto que es una exclamación en medio del torrente sin tregua de las redes sociales. De inmediato alguien teclea el primer comentario, pecoso de puntos suspensivos.

¨Yo estoy igual… mal… anoche entre el documental de Di Caprio, el FBI, las declaraciones sobre el proceso de paz, el precio de la cebolla larga y mis propias pendejadas… no pude dormir¨. Lo firma Beatriz Helena Rodríguez quien enumera ´los elementos del desastre´.

Sin advertirlo ellas mismas, es como si las dos corresponsales estuvieran dando razón a aquel poema avisador, compuesto por Álvaro Mutis a mediados del siglo pasado: ¨Un ave de alas recortadas y seguras, oscuras y augurales, el pico cerrado y firme, cuenta los años que vienen como una gris marea pegajosa y violenta¨.

Esta es la gritería cuyo volumen necesita bajar Ximena, la marea violenta de la actualidad. Estas son las cosas contradictorias que no dejan dormir a Beatriz Helena, las alas oscuras y augurales del pájaro que le da mala sombra. 

El asombro ante el tumulto de lo de afuera que nadie comprende, que vuelve trizas la lógica hasta ahora vigente, quita el ánimo, no da lugar a reposo, lleva al descreimiento de las causas generosas que antes sostenían la razón de vivir.

¿Cómo es posible que la maldad vuelva drásticamente a tomarse el globo, apenas 70 años después de Hiroshima? ¿Por qué los mismos métodos con que los nazis engatusaron al pueblo más cerebral del planeta funcionan hoy con idéntica hipnosis en Colombia?

¿Será que aquellas aves de pico cerrado y firme, visionadas en su vuelo pegajoso, siguen siendo heraldos negros de horrores que se creían abolidos? Y operan igual que aviones bombarderos con municiones que apuntan al alma de los frágiles, de los dadivosos, de los más sensitivos ejemplares de la humanidad.

¨¡Detengan el mundo!¨, parecen clamar los seres abrumados. Pero el mundo es el azar, no guarda proporción con los postulados del buen juicio, mezcla sin fórmula los ácidos y los almíbares. En medio de las tormentas del cielo, es preciso avanzar a tientas.

Es probable que algún aprendizaje sea la recompensa. Solo que cada generación aprenderá su propio aprendizaje.

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