Por: Sorayda Peguero

Qué horror

Estaba decidida a cambiar de sexo.

Quería ser como mi hermano. Quería, sobre todo, libertad para poder hacer las cosas que él hacía. Quería ser un chico. Jonathan, mi vecino de cara pecosa y ojos saltones, me dijo que para conseguirlo debía seguir el rastro de un arcoíris hasta encontrar el final. Y una vez allí, expresar mi deseo de transformarme en niño en voz alta, contar hasta tres, y orinar. “¿Seguro que funciona?”, le pregunté. “Te lo juro por mi madre”, sentenció. 

Mi hermano salía de noche, bebía vino y tenía novia. Mientras yo ensayaba con mi brazo ante el espejo, hacía rato que mi hermano sabía cómo era un beso de telenovela. Comparada con la suya, mi vida de niña de ochos años parecía la obertura de una opereta desabrida. Nuestra diferencia de edad era una cuerda siempre tensa. Lo único que nos unía, además del parentesco, eran las peleas constantes y la envidia tenaz que yo sentía por él. Lo perseguía por toda la casa, estudiaba cada uno de sus movimientos, escuchaba sus conversaciones telefónicas y registraba sus cosas siempre que podía. Mi hermano guardaba algunas de sus pertenencias en un área de uso común: un panel inferior de la vitrina de caoba que había en nuestro comedor. Cuando no estaba en casa —la mayor parte del tiempo—, yo solía sentarme sobre el frío suelo de granito, entre la mesa del comedor y la vitrina, dispuesta a explorar su universo de varón independiente. Tenía un viejo cuaderno con una foto de Michael Jackson en la portada, un nunchaku y un cinturón morado que usaba en sus clases de karate —porque mi hermano practicaba karate y participaba en competiciones que lo llevaban a viajar por todo el país—; tenía cuadernos y libros en inglés —porque mi hermano estudiaba inglés y sabía todo lo que quería decir I Just Called to Say I Love You, la canción de Stevie Wonder que yo cantaba por fonética sin entender ni una palabra—; tenía una caja metálica con acuarelas y pinceles —porque mi hermano había aprendido técnicas de pintura en un club juvenil—; tenía libros de álgebra, química y física, y tenía uno de literatura que pesaba diez veces más que mi libro de lengua española.

En la página 206 leí: “Su luna de miel fue un largo escalofrío”. En el segundo párrafo hablaba de estatuas de mármol y del otoño, una de esas estaciones que yo solo conocía de oídas. Se llamaba El almohadón de plumas. Era un cuento de Horacio Quiroga. No tenía la menor idea de quién era el tal Quiroga, pero jamás olvidé su nombre. Jamás olvidé la almohada pesada y manchada de sangre, ni las plumas que saltaron cuando Jordán la atravesó de un tajo, ni el rostro desencajado de la mucama, ni esa cosa horrible que, abriéndose paso entre el pelo rubio de la joven recién casada, succionaba su sangre calladamente. Esa cosa gelatinosa y siniestra me provocó un estremecimiento salvaje, me hizo pegar un salto y soltar un grito. Esa cosa estaba viva. “¡Qué horror! ¿Esto es literatura? —pensé—. Pues esto quiero”.

Descubrí que era ahí, y no al final del arcoíris, donde encontraría mi mayor codicia: mis alas.

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