Por: Arlene B. Tickner

¿Qué nos espera?

Una lista abreviada de hechos destacables de 2016 —virus del Zika, tragedia humanitaria en Siria, ataques, pruebas nucleares de Corea del Norte, Brexit, destitución de las presidentas de Brasil y Corea del Sur, crisis en Venezuela, intento de golpe y purga en Turquía, éxito del No en Colombia, interferencia rusa en las elecciones estadounidenses, caída de Alepo y empoderamiento de Rusia e Irán en Oriente Medio— confirma que ha sido un annus horribilis.

Por aquello de que cuando Estados Unidos estornuda el mundo entero se resfría, el triunfo y la confirmación de Donald Trump por el colegio electoral es el más desconcertante de todos. ¿Qué nos espera?

Más allá de la ignorancia y mutabilidad que han caracterizado muchas de sus posiciones, el próximo ocupante de la Casa Blanca ha sido constante en tres asuntos que explican su eslogan, “América primero”: Estados Unidos está en declive porque otros países se han aprovechado de él, el suministro de seguridad a sus aliados es un bien transable por el que debe recibir mayor retribución y los acuerdos comerciales son dañinos para la industria y los trabajadores.

En sintonía con la opinión de la mayoría de que Estados Unidos debe atender sus propios problemas y olvidarse del resto, Trump ha prometido revertir el internacionalismo e intervencionismo que han estado (en grados variables) en la base de la estrategia estadounidense desde finales de la Segunda Guerra Mundial. Ésta reza que Washington debe usar su poder para mantener un orden mundial liberal basado en la democracia, el libre mercado, el respeto por los derechos humanos y las instituciones internacionales, tanto por razones geoestratégicas como normativas. En cambio, la pregunta básica que orienta la visión trumpiana es: ¿qué gano yo con esto?

De los posibles integrantes del gobierno entrante, los generales (r) Michael Flynn y James Mattis, como consejero de Seguridad Nacional y secretario de Defensa, y Rex Tillerson, como secretario de Estado, serán protagónicos en lo internacional. Mientras que el director de ExxonMobil y “amigo” de Rusia encarna la idea de “América primero” al entender la política exterior por el prisma económico, Flynn representa un sector extremo que ve en el islamismo radical una amenaza existencial que hay que combatir.

Extrañamente, Mattis —quien ha apoyado la solución de dos estados en el conflicto israelí-palestino, reconocido la validez del acuerdo nuclear con Irán y criticado la tortura— se perfila como el más moderado.

En el tire y afloje entre estas (y otras) lecturas no del todo compatibles del mundo se irá definiendo la política exterior de Trump, el grado de retraimiento estadounidense del quehacer global y sus posiciones frente a países y problemas específicos. La incertidumbre es grande.

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El año cierra con el despido de Carolina Sanín de la Universidad de los Andes por supuesta “justa causa”. El desagradable sabor a discriminación de género y censura que emite este caso debe estimular un debate sobre la libertad de expresión y crítica en la academia colombiana.

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