Por: Beatriz Vanegas Athías

¡Qué vivan las novias, viva la alegría!

El día de la marcha del odio, esa que ahora quiere ser imitada en México y convocada por el Frente Nacional de la Familia.

La negra llegó a su casa después del trabajo y encontró a su compañera hecha un manojo de nervios. La mujer más joven sentada frente al computador,  buscaba con angustia  en el mar de la web, intentando encontrar un país en dónde exiliarse porque su miedo alcanzaba el límite. La recién llegada abrazó a su compañera y callaron un rato largo  acompañadas por  la incredulidad ante el río de memes, fotos, videos y noticias que corría sin control en la pantalla. Afuera, las calles de Bucaramanga- yacían extenuadas ante el alud de odio desplegado contra los personas de la comunidad LGBTI.

Después de un largo abrazo, las dos se sentaron a conversar y en un diálogo sincero sopesaron las dificultades y las bondades de un país como Colombia en donde se predica una idea y enseguida se agudiza la polarización y hasta la exclusión. Entonces decidieron que no, que tenían unas madres hermosas que amaban la relación construida desde hacía cinco años. Que se sentían abrazadas por unos familiares respetuosos y amorosos para quienes ante todo, eran sus hijas, sus hermanas, sus sobrinas, sus amigas. Familiares verdaderamente seguidores de las creencias legadas por un Cristo lleno de amor y para nada castigador.

Así que decidieron casarse. Sí, como un acto de fe en la dura ciudad donde se gestó la marcha del odio, allí mismo en Bucaramanga, decidieron casarse. Y la hermana de una de ellas se encargó de todos los preparativos. Y la suegra de La Negra, de los vestidos y de que las uñas de manos y pies de ambas lucieran impecables. Los compañeros de trabajo más cercanos y bien heterosexuales acudieron gustosos a la cita. La banda de una de las novias amenizó la fiesta. Padres, madres, hermanos, amigos, notario y  fotógrafos reunidos en torno al amor y a la serenidad de estas novias que en buena hora decidieron cuidarse la una a la otra.

Nada de oscuro, ni tormentoso, ni pervertido hay entre dos que se aman. Una relación no se basa en quién penetra a quién, o en quién manda a quién. La anterior frase es una obviedad, pero en países como el nuestro con mentalidades obtusas, es necesario repetir hasta la saciedad lo que es evidente. En países de mentes mezquinas a las que como dijo la escritora mexicana Ángeles Mastretta: “le cuesta trabajo soportar la felicidad. Y si la felicidad viene de lo que parece ser un acuerdo con otro, entonces simplemente no es soportable”.

Estamos ante la oportunidad histórica de comprender por fin la dimensión y el alcance que tiene nuestra Constitución de 1991, que es producto  del consenso ante las nuevas –aunque siempre presentes- realidades colombianas.

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