Por: César Ferrari

Rarezas de la democracia estadounidense

Donald Trump fue elegido presidente estadounidense. Su elección fue debida a un curioso sistema que le da más peso a unos electores que a otros: ganó lo que llaman el voto electoral aunque perdió el voto popular ante Hillary Clinton.

En cualquier democracia verdadera todos los ciudadanos y su voto valen lo mismo. De tal modo, quien gana el voto popular es elegido presidente. No necesariamente en Estados Unidos donde según la ley en casi todos los Estados los votos electorales los recibe quien gana la mayoría en ese Estado, aunque sea por un voto, y los votos electorales no son exactamente proporcionales al número de electores: nada razonable y menos democrático. 

No es la única rareza. Trump fue elegido como candidato a regañadientes del Partido Republicano que durante muchos años defendió, supuestamente, la libertad y la apertura de los mercados. Sin embargo, su candidato Trump durante toda su campaña prometió combatir el libre comercio y revisar los tratados de libre comercio que todos los presidentes republicanos y demócratas consideraron parte esencial de la economía de mercado.   

Más raro resulta que haya prometido aplicar un arancel de 45 por ciento a las importaciones provenientes de China, lo cual está prohibido por la Organización Mundial de Comercio, sin medir sus consecuencias. Lo haría, decía, para combatir la intervención china en el mercado cambiario chino, que al acumular reservas y mantener su tasa de cambio devaluada, lo cual no está prohibido por las normas internacionales, desplaza los empleos manufactureros estadounidenses a China. 

Si Trump impone esos aranceles, ¿se quedarían los chinos con los brazos cruzados?

Conviene tener presente que los chinos tienen reservas internacionales del orden de 3.4 millones de millones de dólares, casi la mitad de ellas en bonos del tesoro estadounidense. Si decidieran inundar los mercados de capitales mundiales con semejante cantidad de bonos, el precio de los mismos se derrumbaría y la tasa de interés se elevaría a las nubes.

En ese contexto, ¿cómo haría el gobierno estadounidense para financiarse? ¿Podrían las empresas estadounidenses, acostumbradas a créditos abundantes y a tasas de interés próximas a cero, absorber esas tasas de interés elevadísimas? Lo más probable es que quebrarían. Algunos dicen que los chinos no estarían dispuestos a perder la mitad de esa enorme riqueza. Pero en una guerra económica, ¿quién gana? ¿Quién pierde parte de su stock de riqueza, o quien pierde sus empresas?      

No es lo único que podrían hacer los chinos. Podrían bloquear las inversiones estadounidenses en China así como sus exportaciones de bienes y servicios (115 mil millones de dólares en 2015). ¿Será que Boeing, Coca Cola, Microsoft, Apple, Ford y otros gigantes aceptarán abandonar el mercado chino y sus inversiones? Difícil: el mercado chino está camino a ser el más grande del mundo.

Mejor dicho, una de sus principales promesas electorales parece inviable, lo que le traerá problemas con quienes le creyeron, y lo graduará como un demagogo que promete lo que no puede cumplir… o como un ingenuo que no sabe que las decisiones no dependen solo de él sino también de su contraparte. ¿Será que tampoco sabía que su contraparte es tan poderosa? 

Profesor, Universidad Javeriana, Departamento de Economía.

 

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