Por: Piedad Bonnett

Reality show

Que un político incompetente, homofóbico y machista, un cínico desvergonzado que se jacta de evadir impuestos, un ser astuto y mentiroso –y la tentación de seguir poniendo epítetos es infinita– sea hoy el presidente de los Estados Unidos, no puede explicarse tan sólo como el resultado del voto “blanco” de los ultraconservadores, los herederos del Ku Klux Klan, nacionalistas, racistas furibundos y partidarios del uso libre de armas.

Por supuesto que ellos son agentes importantes de su triunfo, pero hay otras razones. Muchas. Una importante es que Trump representa a la perfección al monstruo que USA engendró y volvió modelo en el mundo entero y que ahora se vuelve contra ella y la devora: el de la “sociedad del espectáculo” —robo el término a Guy Debord— cuyos héroes son las estrellas de la farándula, el playboy, los millonarios que alardean de sus mansiones y de sus mujeres, los protagonistas efímeros y a menudo patéticos de los reality shows, etc; el mismo monstruo que, apoyado en el capitalismo salvaje, invita al consumo y al derroche, se alimenta de la banalidad y cae en la simplificación ideológica que divide al mundo en buenos y malos.

Por supuesto que Estados Unidos es mucho más que esos dos mundos, pero no se trata ahora de hablar de los logros de su democracia, sino de que la mentalidad que resulta de la cultura del espectáculo explica en parte que la vulgaridad y la ramplonería de Trump hayan fascinado a muchos de sus electores, que se ríen de sus bufonadas como si fueran inofensivas. Como buen populista y demagogo, al romper a propósito los límites permitidos al discurso político convencional, Trump nos permitió ver cómo brotaba la pus de la discriminación sofocada debajo del lenguaje de lo políticamente correcto. Sus chistes burdos, su obscenidad y su fanfarronería encantaron al público. Hace unos meses el columnista Hisham Melhem, en un artículo titulado “El canalla que nos merecemos”, habló de cómo el vocabulario de Trump es “frustrantemente limitado”, pero también de cómo había contagiado al periodismo con su “envilecimiento del lenguaje”, cargándolo de insultos. “Cuanto más histriónico y más transgresor se mostraba –escribió Milagros Pérez Oliva en El País– más espacio ocupaba en los medios. (…) Todos contribuyeron a construir el personaje”. Pero resulta que éste, tan caricaturesco, no sólo no es inofensivo sino que es peligroso: para sus contrincantes, para los inmigrantes, los musulmanes, la comunidad LGTBI, para el cambio climático y el proceso de paz en Colombia, para los Estados Unidos y su Constitución y para el mundo entero.

Una pregunta fundamental se impone: ¿qué está pasando en nuestras democracias para que triunfen el Brexit, el No, el papanatas de Donald Trump? La respuesta no es sencilla. Pero tal vez debiéramos empezar por considerar una idea lanzada provocadoramente por George Steiner, que ha planteado que estamos en una época de empobrecimiento del lenguaje y por tanto también del pensamiento. A raíz de una encuesta que se hizo en Inglaterra sobre los diez ingleses inmortales, y que puso en primer lugar a David Beckham, en el quinto a Shakespeare y en el noveno a Darwin, Steiner propone: “Tal vez estamos entrando en una gran época ridícula”.

 

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