Por: Aldo Civico

Redescubrir la virtud de la desobediencia civil

No nos queda más que desobedecer y redescubrir el valor y la importancia de la participación política.

Porque el absentismo, reflejo de una profunda apatía y desilusión de la democracia representativa, está llevando a resultados que van en contra del bien común de un país entero.

Pasó la semana pasada en los Estados Unidos, donde más del 46 % de los ciudadanos no salió a votar, determinando la victoria de Donald Trump (a pesar de que Hillary Clinton obtuvo un millón y medio de votos más que el candidato republicano). Pasó hace más de un mes en Colombia, donde el abstencionismo fue determinante y un puñado de votos dieron la victoria al No.

Pero la frustración que hay hoy con el actuar de la clase política, más que con el desempeño, tiene que ser enfrentada con un compromiso mayor.

La victoria de Trump en los Estados Unidos ha sido un rudo despertar. La reacción de muchos fue salir a la calle y protestar. En Nueva York, donde vivo, durante varios días una masa heterogénea de gente se reunió frente a la torre Trump en la Quinta Avenida. Lo mismo hicieron miles de ciudadanos en todos los Estados Unidos.

Pero frente a las declaraciones de Trump y sus primeros nombramientos, quizá la protesta por sí sola no es suficiente. De hecho, varios ya sugieren la necesidad de redescubrir la virtud de la desobediencia civil.

Lo escribe, por ejemplo, Mark Greif en el editorial titulado “No president”, para la revista n+1:

“Puede ser que vamos a depender de las formas ordinarias, no románticas y vilipendiadas de desobediencia. La negativa a la lealtad. Negarse a participar en todos los niveles. Abandonar los trabajos claves del Gobierno. Permanecer en los lugares de trabajo para ralentizar o detener acciones ilegítimas. La negativa diaria de burócratas encargados de reportar a ciudadanos, si esto puede poner en peligro a los sujetos. Negativa de las agencias policiales de cumplir con las órdenes. La negativa y las dimisiones entre las filas de las fuerzas armadas”.

Las palabras de Greif ya parecen encontrar respaldo en algunas declaraciones importantes. Por ejemplo, el jefe de la Policía de Los Ángeles, Charlie Beck, declaró a la prensa estadounidense: “No vamos a participar en actividades policiales basándonos únicamente en el estatus migratorio de alguien”. Le hizo eco el alcalde de la ciudad, quien dijo: “Nosotros somos una ciudad acogedora”.

Ya hay alcaldes, directores de departamentos de Policía y arzobispos que se declararon listos para la desobediencia civil.

Hoy, la tarea de los “buenos ciudadanos” es la no cooperación, concluye en su editorial Mark Greif, utilizando una expresión que caracterizó el accionar del movimiento no violento de Gandhi en India.

Quizás, hoy es en la disidencia y en la desobediencia civil donde radica la esperanza de revivir el experimento democrático y de formar una sociedad capaz de oponerse a la arbitrariedad del Estado.

 

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