Por: Columnista invitado

Respuesta a Piedad Bonnett

Fui alumno de Piedad Bonnet en la Universidad de los Andes, y luego, cuando volví como profesor, su hijo Daniel estuvo en varios de los cursos que doy. Durante un año fui su asesor del proyecto final de grado.

Por Lucas Ospina

Cuando supe del suicidio de Daniel lo primero que hice fue buscar la información que tenía sobre él en un computador. Lo que encontré —textos de clases, diseños, borradores— se lo envié a Piedad Bonnet y me sumé al apoyo que varias personas le estaban dando desde la universidad. Parte de ese apoyo fue organizar una exposición sobre el trabajo de Daniel Segura en la Sala de Proyectos del Departamento de Arte. Trabajé hombro a hombro con Piedad Bonnet para escoger las obras y luego me dediqué al montaje de la muestra. Programé una visita guiada a la exposición, pues me parecía importante que otros estudiantes pudieran conocer su historia. Escribí el texto curatorial y antes de publicarlo se lo envié a Piedad, ella le hizo algunas anotaciones de forma y me recordó su labor como profesora, lo que aprendí de ella, en especial en el Taller Literario donde me regaló a Salinger, Carver, Dinesen y a tantos otros autores.

En su momento también escribí un texto para la revista Arcadia, por pedido de la directora, sobre Daniel, sobre su labor como artista.

Las imágenes de la exposición y un video de la visita guiada pueden ser vistos aquí:

Pinturas y dibujos / Daniel Segura Bonnet (1983-2011)

Y el texto que escribí para Arcadia acá:

Retrato del artista adolescente

Después de esto no volví a ver a Piedad Bonnet, pero cuando publicó Lo que no tiene nombre lo leí y la seguí leyendo en las entrevistas que daba sobre el libro, sobre su intento de comprender el suicidio de su hijo y sobre ese rompecabezas que ahora, con la publicación de su relato, estaba expuesto en lo público.

A comienzos del semestre pasado, en un curso de Arte y cine, donde los estudiantes ven películas y escriben textos breves que tienen la contingencia de poder ser publicados en hojas y en un blog público del curso, un texto llamó mi atención. Era sobre Daniel. Había sido escrito en reacción a la película Harold y Maude de Hal Ashby, una película difícil de clasificar, donde un adolecente finge una y otra vez su suicidio, pues vive en un entorno de élite de valores y mensajes muertos. El registro de la película pasa de lo macabro a lo jovial, cuando el joven conoce a una anciana vital que le muestra un mundo que cambia su percepción de la vida y un nuevo juego de valores donde la representación tendrá otro registro.

El texto sobre Daniel daba cuenta del matoneo a un profesor por parte de un grupo de estudiantes en un salón de clase de un colegio. Cuando leí el texto mi sensación fue de compasión por Daniel en su rol de profesor. Por un momento pude estar ahí, en ese salón, ante esa crueldad. Luego de leerlo pensé que esta podía ser una escena más del libro. Por supuesto, no compartía el tono del texto, ni la posición del que escribía, pero el relato me ayudaba a comprender aún más a Daniel, y sobre todo al artista que conocí, y que más adelante, al momento de iniciar un posgrado en Nueva York, tomó la decisión de hacer una Maestría en Administración con énfasis en Arte, una decisión alimentada, en parte, por su temor a la escasez, como lo señala Piedad Bonnet en su libro: “Ya nadie compra pintura, mamá, me decía. ¿De qué voy a vivir?”

El texto me mostraba que Daniel, en uno de sus intentos por ganarse la vida, había tenido una experiencia agria.

Le envié el texto a Piedad, le comenté que estaba escrito en reacción a esa película, y que su contenido era “agridulce”. Ella me respondió con un mensaje corto en que me decía que ya nada podía hacerle daño. Unos días después supe que Piedad iba a enviar una carta oficial a la universidad.

Intenté disculparme por correo. En los mensajes que envié a Piedad le decía que ahora, con su reacción, me daba cuenta que había sido un error enviar ese correo así, y que había leído ese texto desde otra orilla, desde el lugar del profesor de Daniel, del que hizo una exposición sobre él como estudiante y como artista, como lector del libro, como alguien que había contribuido y quería seguir sumando elementos a esta narración. Sin embargo, le dije, comprendía que había sido impulsivo, que no había calculado la lectura de mi mensaje o del texto a la luz de otras interpretaciones. Le dije que si hubiera sabido que iba a enturbiar la buena relación que tenía con ella, sobre todo luego de la experiencia feliz que fue hacer la exposición, no lo habría enviado. Le dije que lo sentía y le pedí disculpas. Piedad Bonnet me señaló que se rehusaba a hablar conmigo y que ya había escogido un camino de acción.

En la página 100 del libro Lo que no tiene nombre,  Piedad Bonnet dice:

“Mi primera reacción después de la muerte de Daniel ha sido tratar de comprender. Los que están a mi lado, tal vez más sabiamente que yo, se contentan con aceptar. Así es. Fue. Sucedió. Fue la enfermedad, dicen. Pero yo sé que había algo más allá del trastorno: una lucidez suficiente como para querer morir. Quisiera poder saber —aunque no sé bien para qué— cuánto duró su vacilación, de qué magnitud fue su sufrimiento, qué opciones contempló, cuándo empezó a estrecharse el cerco.”

Y, en la página 101, cierra la idea:

“A partir de ahí, en un intento por comprender cómo se tejió la red de eventos que terminaron por lanzarlo a la muerte, trato de guiarme a través del laberinto aferrada al hilo de las últimas decisiones de Daniel. Y el rompecabezas se va armando ante mis ojos, aunque desde ya puedo anticipar que quedaran faltando algunas piezas”.

Todos queremos comprender qué pasó, ver ese rompecabezas que Piedad Bonnet nos ha compartido y ver cómo podemos sumar otras piezas para tener una imagen más completa de Daniel y de nosotros mismos.

Lamento el dolor que le pude haber causado con mi acto a Piedad Bonnet, me dejé llevar por la persona que he visto a través de sus cursos, del libro y las entrevistas sobre Daniel, ahora comprendo que no la conozco lo suficiente como para entender el efecto que iba a tener mi mensaje. Tampoco sé lo que es el dolor de perder un hijo. Una vez más: lo siento.

Lea aquí la columna de Piedad Bonnett. 

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