Por: Lisandro Duque Naranjo

Salvada de patria

Me volvió el alma al cuerpo con la ceremonia del sábado, desde La Habana, en la que se anunció que se recupera el camino embolatado hacia la paz.

Corrieron las Farc la frontera, al decir de Iván Márquez, un poco hacia allá, o hacia acá, para asumir los reajustes a que esa pequeña mayoría del No obligó al Acuerdo de Paz en el plebiscito de octubre. Qué bueno que la organización guerrillera, el Gobierno y la parte de la sociedad que no matonea no se hayan dejado abatir por ese resultado electoral moralmente ilegítimo, aunque en lo aritmético nos haya puesto a mermarles voltaje a algunas convicciones, que no a las sustanciales.

Obvio que Iván Márquez, jefe negociador de la insurgencia, dejó constancia en su discurso sobre las precariedades que conlleva la figura del sufragio universal. En efecto, por muy fetichizada que esté, la “democracia de las urnas” no siempre, o casi nunca, satisface los requerimientos genuinos de una sociedad. Ganar para que siga habiendo muertos, debiera ipso facto declararse como una derrota. De hecho, cuando los uribistas se quejaban, durante la campaña, de la escasez de sus recursos —lo que obviamente era otra mentira—, yo era de los que pensaban que antes debieran confiscárseles los que tuvieran. E incluso ponerlos a la sombra. Es que uno no puede ir por la calle pidiendo plata para convocarle simpatía a la continuidad de la violencia, solo para satisfacer los instintos de una comunidad morbosa, primaria, llena de supersticiones, con Facebook y cinco frases sangrientas de un magnífico libro de terror antiguo, llamado la Biblia.

Los últimos acontecimientos en el mundo —esa vergüenza del brexit, del No y de Trump— han hecho palidecer los alcances de la definición de Churchill sobre ese tipo de democracia, en el sentido de que “es el sistema menos imperfecto”. Vale más la de Borges: “la democracia es una equivocación estadística”. El dilema es: ¿cómo hacer para declararle la paz por la fuerza a una muchedumbre de energúmenos?

No debe haberse terminado de arrepentir Álvaro Uribe por ocurrírsele inventar, cuando creía que el No iba a perder, el galimatías ese de que “el No era el verdadero Sí a la paz”, porque fue a partir de ahí que los pacifistas encontramos la oportunidad de un repechaje para evitar el sometimiento a ese No sadomasoquista. Mejor hubiera dicho lo que realmente pensaba, a favor de la guerra, y hasta le hubiera ido mejor. De hecho, Trump, quien le conocía bien la esencia a su electorado potencial, dijo mucho antes de ganar que “si yo saliera a dar bala por la Quinta Avenida, no perdería un solo elector”. Cierto, cierto. Pero Uribe se puso con modales y trabalenguas, en los que se enredó, y ahora está aprovechando el triunfo del efecto naranja para ejercer, sin ningún pudor, como potentado de la muerte. Hasta varios muros ofrecerá construir, uno en la frontera con Venezuela y otros regados por las zonas de preconcentración a las que ya se dirigen las Farc. Y va a tener que levantárselos hasta al Ejército y a la Policía, que han dejado de comerle cuento.

La tendrá difícil el expresidente. Primero, porque el proceso ya le lleva mucha ventaja. Segundo, porque el plebiscito ahora será callejero, qué cuento de urnas.

Lo que quiera que ocurra, y se sabrá esta semana que hoy empieza, ya por lo menos Colombia descompletó esa trilogía maldita de calamidadess de la que alcanzó a formar parte con el Brexit y Trump.

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