Por: Arturo Charria

¿Se agotó el modelo democrático?

No había una sola clase en la que no se mencionara la palabra democracia.

En las primeras clases escribíamos la palabra como sonaba, con todas sus letras en minúscula. Luego comenzábamos a escribirla con la primera letra en mayúscula, porque parecía importante. Al final del semestre muchos solo escribíamos “D” por economía y relevancia.

Muchas frases se fueron quedando en nuestra memoria, incluso a pesar nuestro: “la Democracia es el mejor de los modelos posibles”; “reglas claras, resultados inciertos, en eso consiste la Democracia”; “aquí… ¡Defendiendo la Democracia, Maestro!”; y, como decía el profesor Pacheco: “la Democracia no es perfecta, sino perfectible”.

Así, nos fuimos haciendo a la idea de hablar de ella como si siempre hubiera existido, olvidando que es tan artificial como el helado de chicle. La Democracia nació como una construcción social, como un modelo que intentaba convertirse en una alternativa ante las tiranías absolutistas o ante el desgaste de las mismas. Un modelo, que como sostendría Shumpeter, es construido racionalmente para garantizar el “bien común”, pero que depende de individuos que toman decisiones emocionales y con información limitada.

Entonces, ¿Qué sucede si en lugar de culpar a Trump a Uribe o a sus los electores, nos preguntamos por el desgaste del modelo democrático? Al menos del modelo democrático que sustenta gran parte de su éxito en el resultado de las decisiones de las mayorías.

A mediados del siglo XIX, Jhon Stuart Mill se preguntaba: ¿Cómo garantizar los derechos de los individuos ante la tiranía de las mayorías? Esa pregunta obsesionó durante toda su vida al pensador inglés y fue la tesis central de su célebre ensayo: “Sobre la libertad”. El autor evidenció una de las trampas de la naciente democracia, pues para Mill el problema no era que las mayorías decidieran, sino la forma en que estas decisiones podían legitimar la represión sobre las minorías. A esto llamó: “la tiranía de las mayorías”.

Este ensayo es uno de los hitos fundacionales del pensamiento político liberal y de la democracia liberal, en donde el nivel de la democracia no se mide por el número de elecciones que se realicen, sino  por el goce efectivo de derechos que tienen las minorías en dichos países.

No se trata de decir que hay “democracia” cuando los resultados coinciden con mis decisiones electorales, sino de reflexionar sobre las consecuencias de elecciones -que se ajustan a las reglas establecidas- y que podrían poner en riesgo los derechos, las garantías e incluso la vida de amplios sectores sociales.

Muchos coinciden en afirmar que la democracia no es, exclusivamente, las elecciones, sino el equilibrio y los controles de las instituciones que contemplan la posibilidad de que “un loco” llegue al poder. Sin embargo, la misma historia se ha encargado de demostrarnos que un gobernante, amparado en el llamado Estado de opinión, puede suprimir los controles de dichas instituciones.

No es posible afirmar que el modelo democrático está en crisis y mucho menos que haya colapsado. Pero entra en una de las etapas más duras desde su expansión en el siglo XIX. No es la primera vez que la democracia se enfrenta a esta realidad, ya lo vimos durante la primera mitad del siglo XX (con los Estados totalitarios) y el resultado le costó la vida a millones de personas.

Giovanni Sartori y Miguel de Unamuno coincidían en una sentencia: “Vencer no da la razón” y en eso consiste la supervivencia del modelo. De lo contrario, estaremos ante una posible crisis en la que todos podríamos perder, incluso aquellos que ganan insistentemente elecciones, como sucede en Venezuela.
 

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