Por: Columnista invitado

Se busca un presidente negro

Respondiendo un reclamo del periodista Gonzalo Guillén, la Casa de Nariño incluirá al afrodescendiente Juan José Nieto en la galería de Presidentes de la República, un acto que habla más de las ansiedades de la Colombia del siglo XXI que de los méritos de un hombre del siglo XIX.

Por: Felipe Arias-Escobar, historiador

El asunto, visto de entrada, no puede ser más justo y emocionante: durante unos meses de 1861 Juan José Nieto, un militar, político y escritor mulato, ocupó la Presidencia de la República. La historia de su posterior olvido, el ‘blanqueamiento’ de su retrato y su rescate en la obra de Fals Borda y Ortiz Cassiani, parecería culminar con este gesto del Gobierno y con un próximo documental sobre su vida, temas tratados con detalle en reciente columna de Santiago Villa en la edición del pasado 25 de julio.

Sin embargo, una mirada más de cerca a la presidencia de Nieto y al reconocimiento oficial de la misma nos revela elementos con los que es necesario investigar más a fondo o, por lo menos ahora, empezar aquí un debate al que el propio Villa me ha invitado. Es prudente revisar su rol de jefe de Estado, asumido en la guerra civil de 1860, donde el odio de azules y rojos se confundió entre alianzas de caudillos militares. Aquellos generales se hicieron al control de las provincias con proclamas tan solemnes como temerarias: el belicoso Mosquera independizó al Cauca y llamó a los liberales a levantarse contra el gobierno de Ospina Rodríguez; al año siguiente, los conservadores organizaron en Santander y Boyacá una elección presidencial para legitimar al esclavista Julio Arboleda; mientras que en Bogotá, sin presidente, Congreso ni designados, el procurador Bartolomé Calvo asumió el ejecutivo alegando ser la única autoridad nacional presente.

Por esos mismos días Juan José Nieto, liderando la guerra en Cartagena tras deponer dos años antes al propio Calvo, se declaró mandatario nacional “hasta cuando haya constancia oficial de haberse encargado del mismo poder el ciudadano Tomás Cipriano de Mosquera”. Pero cuando los caucanos invadieron la capital ni la guerra ni las proclamas cesaron: en julio de 1862, año y medio después de la asunción de Nieto, el conservador Leonardo Canal instaló en Pasto su propio gobierno provisional durante cinco meses ¿Debemos, a nombre del rigor histórico, agregar a la lista de retratos a los tantos presidentes simultáneos que hubo en esos años? Al hacerlo nos arriesgamos a llevar hasta 2016 expresiones del lenguaje político de hace siglo y medio, tan extrañas para la Colombia actual como el derecho colonial o las instituciones prehispánicas.

Podría responderse, sin embargo, que esa presidencia limitada en tiempo y territorio es una lección muy valiosa para un país racista que históricamente dio la espalda a su diversidad. Necesitamos gestos que superen nuestras desigualdades, así que la figura del “presidente negro” nos resulta seductora ¿Pero qué tal si en aras de superar los injustos ocultamientos de nuestra historia aprovechamos para frenar nuestro eterno presidencialismo? Creo que la memoria de Nieto dirá mucho más a millones de colombianos si lo mostramos como un líder social hecho al margen de los poderes tradicionales, como el hijo de libertos capaz de gobernar el principal puerto esclavista de Hispanoamérica, como el apropiado firmante de la Abolición en ese mismo sitio, como el inexplorado autor de una obra literaria que hoy sigue olvidada por la urgencia de reconocerle un perfil presidencial –tal como lo señalaba recientemente el profesor Nicolás Pernett–, o, en una lección muy útil para la Colombia actual, como alguien que también fue otro más de esos patriarcas que tanto aportaron a nuestra autodestructiva violencia.

Porque la memoria del país que debemos necesita reconocerse en espacios mucho más amplios que una estéril galería de presidentes ¿Acaso no queríamos desde hace tiempo superar esa cosa elitista que llaman “historia patria”?

@feloarias

 

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