Por: Alfredo Molano Bravo

Se pudo, se puede

Fue una ceremonia sobria, casi fría y sobre todo, corta, enmarcada por el bello Teatro Colón.

De cara al público, en el escenario, a la derecha, los negociadores del Gobierno con corbata; a la izquierda y sin ella, los representantes de las Farc. En el centro de la platea, Belisario Betancur. En el primer nivel, el cuerpo diplomático; en el segundo, los generales. En el palco presidencial, la familia del presidente. 

Santos fue recibido con un aplauso prolongado y sincero. La guerrilla se puso de pies y aplaudió como todos. El acto comenzó con el Himno Nacional, cantado a corazón por una bella mujer negra, Cecilia Silva Caraballo. Luego el discurso de Rodrigo Londoño, quien ahí dejó de llamarse Timochenko. “Que la palabra —dijo— sea en adelante la única arma de los colombianos”. Santos, muy austero, habló del trabajo que costó sacar adelante el nuevo acuerdo, del esfuerzo que se debe hacer para coronar su implementación en el Congreso y, claro está, de la dejación de armas. Al terminar los discursos, el público se puso de pies y con un SÍ SE PUDO puso un toque de provocación a Uribe y un reconocimiento implícito al intento de Belisario en 1984. En los palcos donde estaba el alto mando de las Fuerzas Armadas, los aplausos fueron pocos, muy pocos, significativamente pocos y amortizados por los guantes de cabritilla.

El jefe de las Farc denunció el peligro de los asesinatos de dirigentes campesinos, exigió que se aclare el de dos guerrilleros en el Magdalena Medio, saludó la elección de Trump y propuso la formación de un gobierno de transición. Creo que fue este punto el más destacado e importante de sus palabras. Un gobierno de transición —digo yo— como fue el de Reyes después de la guerra de los Mil Días, como el de Olaya Herrera después de la caída de la Hegemonía Conservadora, como el Frente Nacional. La confrontación política con el uribismo —nombre de la derecha militante—, que buscará echar para atrás el acuerdo con las Farc y declarar, en consecuencia, la represión “a sangre y fuego”, abre la necesidad imperiosa de una alianza política y electoral de todas las fuerzas del Sí para derrotar en calles y plazas el No.

Se habla abiertamente de la candidatura de De la Calle como el hombre que puede representar la fuerza que impida volver a la guerra; que impida un Frente Nacional entre Vargas Lleras y Uribe, ambos ausentes en el Colón. Y hay que comenzar también a hablar de la participación del nuevo partido, que se comenzó a formar, en un eventual gobierno de transición. Que Uribe haga oposición, que grite, rabie y babee. Está en su derecho. La nueva democracia requiere de un partido fuerte de oposición y Uribe sabe hacerla. La coalición del Sí echará las bases de una nueva democracia, madura, plena y desconocida hasta hoy en el país. Si se trata de una reconciliación entre fuerzas que se mataron y que llegaron a la paz, pues el paso siguiente es gobernar juntas y consolidar lo alcanzado. El país debe acostumbrarse a oír sin señalamientos a la nueva fuerza, que se empeñará en participar con sus ideales en la construcción de una nueva democracia. Si se trata de no volver a la sangre, esa puerta se debe abrir de par en par. Si las Farc han dejado las armas, el país debe dejar en el mismo lugar los prejuicios, la criminalización y la persecución de unos intereses populares que han sido excluidos del poder político y obligados a levantarse en armas.

El Sí no tiene opción: o se resbala con Vargas Lleras hacia el No, o se fortalece y se amplía como una coalición de la que haga parte la nueva izquierda.

 

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