Por: Juan David Ochoa

Secta de borrachos

No resultó anormal el juicio de la bancada entera del Centro Democrático contra su antiguo Jefe de Campaña Juan Carlos Vélez, al tildarlo de borracho por su confesión sobre la estrategia publicitaria del NO en el plebiscito del 2 de Octubre.

Tampoco fue anormal la declaración del entonces Jefe, aún sin la desgracia a cuestas, cuando tuvo que responder por las constantes denuncias sobre la veracidad de sus argumentos contra un proceso complejo, y decidió contarlo todo en un arrebato de sinceridad elocuente. Todo, en conjunto, hace parte de la naturaleza innata de un partido con ínfulas de pandilla: boicotear la realidad para aprovecharla en su caída, estigmatizar al enemigo ideológico para disminuirle su influencia pública, amenazar con fantasmas de ultramar para incentivar votos del miedo, y en caso de perder las anteriores opciones y errar en las estrategias de orden y precisión, acudir a un viejo plan usado en la larga historia del mundo para desacreditar a  un viejo conocido que decide de repente lavar  los trapos al sol de las turbas sensibles: declararlo borracho o loco.

Si antes no usaron este recurso fue porque el partido era una sola secta críptica y lejana de los juicios que los señalaba mientras sus tácticas de falange consistían en disparar contra toda esa realidad, en bloque, y parecer cuerdos en un discurso uniforme y mecánico. No había heridas internas aún, y la realidad misma podían usarla a su favor mientras siguieran siendo un solo bloque de cemento, duro, facho y puro contra esa marea de diversidad que corría hacia los mares rojos del comunismo plebeyo.

Ahora, otro integrante de un partido sin opción al disenso, a la duda y esclavo del consenso divino del centro de la secta y del patriarca mayor, ha sido desechado y humillado en público, y ha entrado a hacer parte de ese otro ejército de viejos traidores que cumplen penas en las distintas cárceles del país o del mundo, o se encuentran fugitivos de las condenas de las Altas cortes o del seguimiento de la Interpol por una amplia gama de delitos. Juan Carlos Vélez confirmó en un momento de posibles tensiones internas y pulsos de poder al mejor estilo partidista una verdad que ya era pública: el uso amenazante y falso de la información para generar adeptos  a una causa que tenía un solo objetivo, dilatar un proceso sin firma hasta el día de la segunda venida del señor que solo habla entre pistolas.

No resulta anormal que el insulto predilecto del uribismo para cada uno de los traidores de sus filas sea ahora justamente el de borracho. Es una buena proyección de una rasca nostálgica por las bombas que dejaron de estallar, por los carrieles de balas que tuvieron que dejar en  las fincas de Córdoba ad portas de la extinción de dominio, y por la realidad que los abruma y los desorienta entre derechos humanos prácticos y consensos generales sin espumas de odio. Será natural que sigan declarando la verdad: que de toda la vieja gloria de la bravura les queda la desconfianza entre una secta de borrachos proclives a la confesión, ahora que el futuro los hunde.

 

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