Por: Jorge Eduardo Espinosa

Selfi

La página photoworld publicó en 2015 un estudio mundial sobre el número de fotos compartidas, por segundo, en las redes sociales. Snapchat: 8.796. Whatsapp: 8.102. Facebook: 4.501.

Vivimos en un mundo de imágenes, de momentos “espontáneos” que quedan flotando en alguna nube y que, segundos después, caen en el olvido. Todo es pasajero. El ensayista Ernesto Hernández escribe que, en la era de las selfies, la intimidad ha pasado a concebirse como una forma de exhibición. Es así. Hay que mostrarlo todo: el plato de comida, lo que acabo de comprarme, la calle en la que estoy, la fiesta en la que soy “tan feliz”, el libro que voy a leer, –y que nunca leo porque estoy ocupado tomando selfies- de nuevo lo feliz que soy, el plan cool al que voy. Insoportable. Adele, la cantante británica, interrumpió un concierto en Verona, Italia, para pedirle a una mujer del público que guardara el teléfono, dejara de grabar y disfrutara del concierto en la vida real. “Oye, estoy aquí, en la vida real, ¿podrías dejar de mirarme a través de una pantalla?”. Ridículo.

Y mentiroso. Nada es lo que parece. Detrás de la supuesta informalidad y espontaneidad de una selfi, hay una detallada preparación y un exigente juicio de aprobación. Detrás de cada selfi “informal” hay una ceremonia minuciosa que incrementa la ansiedad a medida que se acerca el momento definitivo: la publicación. Porque no me puedo dar el lujo de aparecer tal como soy, qué horror, hay que retocar hasta el más mínimo detalle. Y para eso, amén, hay aplicaciones que tienen una única función, editar las fotos y de paso editarnos a nosotros mismos. ¿A quién engañan esas tontas (¿y tontos?) que, usando aplicaciones, se blanquean los dientes, se adelgazan las cejas, se cambian el color de los ojos, se dejan la piel de “durazno” y se respingan la nariz? ¿Acaso creen que alguien les cree lo que muestran? ¿Cuál es el sentido de esa vida? ¿Los likes y los me gusta definen el sentido de su existencia? ¿De qué trata todo esto? ¿Hay que ser para otros?

Me pregunto qué sienten después de tanto trabajo minucioso de edición de sí mismos cuando, recién levantados, se miran al espejo. ¿Qué piensan? ¿Se dan lástima? ¿Lloran desconsoladas? ¿Se toman una selfi y se “arreglan” para tranquilizarse? ¿Qué hacen? ¿Un Prozac y luego otra selfi? En algún punto, imagino, debe ser difícil distinguirse entre las pantallas y los filtros, mirarse sin ellos y de repente no reconocerse más. La terapia de choque sería arrebatarle el celular y sacarla a la calle, enfrentarla al mundo sin la posibilidad de esconderse detrás de cientos de filtros. La prescripción vendría siendo: ve, sal a la calle, entra a un restaurante, pide un plato y cómetelo sin contárselo y mostrárselo a nadie. Camina y mira, por primera vez en años, lo que hay a tu alrededor. Tómate un café con otro y mantén el encuentro privado, no le cuentes “al mundo” que, en el fondo, a nadie le importa. Luego ve a un concierto y míralo de frente, sin pantallas ni filtros, de repente terminas oyendo también la música. Al volver a casa, entra al baño y mírate al espejo. Ese, que sobrevivió al día sin una selfi, existe y está ahí. Con ojeras, arrugas e imperfecciones. Sin filtros también hay vida.

@espinosaradio

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