Por: Juan Carlos Botero

Sería bueno…

Sería bueno que estas elecciones educaran a Donald Trump en lo que está prohibido.

Está prohibido mentir, y luego mentir sobre haber mentido. Así lo hizo al cuestionar el origen de Barack Obama, y después, cuando no pudo perpetrar más la infamia, negó haberla dicho, mintiendo sobre su propia mentira.

Está prohibido interrumpir. En una democracia cada uno tiene derecho a su opinión, pero para que eso funcione se requieren modales y respeto para que la persona exponga sus ideas, sin ser atropellada sólo porque otro es más rico o más fuerte.

Está prohibido insultar a las mujeres, ufanarse de ser un acosador sexual y después minimizar sus palabras, diciendo que sólo eran charlas inofensivas. Esas charlas jamás son inofensivas: son parte de la cultura machista que tolera e incita al abuso y a la violación, y no se pueden descartar como una broma.

Está prohibido aspirar al cargo más poderoso del mundo y a la vez ser tan ignorante sobre cada tema doméstico e internacional, inventando datos, falseando realidades, hablando como Cantinflas y diciendo tonterías, pero tratando de hacerlas pasar por políticas serias.

Está prohibido invitar a que otros violen la ley, como cuando pidió que Rusia hackeara los emails de Hillary Clinton.

Está prohibido agraviar a musulmanes, latinos, inmigrantes, veteranos, discapacitados, gays y todas las minorías, atentando contra la diversidad del país, que es su mayor riqueza.

Está prohibido ser racista. Claro: en este tema falta mucho todavía, pero Trump ha retrasado décadas de difíciles avances en las relaciones sociales de EE. UU.

Está prohibido ser tan simplista, diciendo que ahora todo es terrible y que él (sin explicar cómo) hará milagros. Trump se postula como un antipolítico, pero él encarna lo peor de la política: la promesa vana, el retrato falso e incendiario, el chiste vulgar y el golpe bajo.

Está prohibido actuar como un dictador, rechazando el resultado electoral y jurando encarcelar a su rival, como si fuera el amo de la justicia nacional.

Está prohibido envilecer el debate público, evitando hablar sobre ideales y políticas para mejorar el país, para más bien hablar sobre penes y senos, gordas y feas, reduciendo el debate a la cloaca.

Está prohibido eludir los impuestos. Si se desean Fuerzas Armadas, colegios públicos, puentes, carreteras, parques y hospitales, hay que pagar por ello, y cada uno debe contribuir al gasto social en la medida de sus posibilidades.

Y está prohibido usar un discurso que beneficie a los rivales del país. Por eso Isis, Corea del Norte, China y Rusia (los enemigos o adversarios de EE.UU) lo favorecen en el concierto mundial.

Entonces le pregunto a quien todavía apoya a Trump: ¿usted hubiera votado por Hitler en 1933? Si no, recuerde que cuando el partido de Hitler ganó esas elecciones, él aún no se parecía al dictador de 1945, una figura que hoy resulta fácil de rechazar por ser, obvio, un monstruo. En 1933 ese tipejo se parecía a Trump: racista, autoritario y antidemocrático, con un peinado o un bigotito ridículo. Y ahí está el peligro: porque cuando los déspotas ya se parecen al Hitler del 45, es demasiado tarde: son dueños del poder y lideran ejércitos. Hay que atajar estas figuras antes, cuando todavía se parecen al Hitler del 33. O sea, cuando todavía se parecen a Donald Trump.

 

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