Por: Patricia Lara Salive

Sí hay esperanza

“El problema allí no es de falta de plata, sino el contrario: abundancia de recursos”, decía Carlos Caballero Argáez en columna titulada “La Guajira: un departamento que colapsó”.

Agregaba que la abundancia “incita a la descarada corrupción de los dirigentes administrativos y políticos, y de los jefes de los resguardos”, y daba estas cifras: “a La Guajira”, decía, “no solamente le entrarán por concepto de regalías en el período 2015-2016 $620.000 millones (en 2013-2014 recibió $850.000 millones), lo que equivale a $626.807 por habitante (…) sino que, por ley, en el 2016, a los resguardos indígenas de cuatro municipios (…) el Gobierno central les transferirá, vía del Sistema General de Participaciones”, ¡$ 33.282,7 millones!”.

Sin embargo, en ese departamento lleno de riquezas —gas, carbón, playas y paisajes de ensueño, que bien podrían dar lugar a que la Guajira se convirtiera el sitio más concurrido por los turistas que visitan a Colombia—, los niños mueren de desnutrición y los adultos padecen sed, mientras los políticos y dirigentes locales roban a la luz del día ante la mirada impávida y complaciente de los guajiros. Y eso ha sido así durante décadas.

¿Por qué?, es la pregunta que surge ante esa repetida noticia sobre la tragedia que por la corrupción padece Guajira. ¿Qué hace que los guajiros continúen eligiendo a los mismos ladrones de siempre o a sus herederos, a sabiendas de que, si los perpetúan en el poder, tendrán que seguir sobreviviendo de milagro en medio de ese calor que se vuelve infernal por esa carencia de agua que se prolonga durante meses, sin que haya protestas mayores, sin que la gente se levante ni diga “no aguantamos aquí a un corrupto más”?

No sé. Pero sí sé que no todo está perdido. Prueba de ello es que hace diez años se produjo un hecho esperanzador y, por lo demás, inimaginable: resulta que durante la campaña presidencial del 2006, cuando gracias a la generosidad del candidato del Polo Democrático Alternativo, el maestro Carlos Gaviria Díaz, fui designada por él candidata la vicepresidencia, visitamos la Guajira el Senador Antonio Navarro Wolf y yo. Me acuerdo que de Túquerres, localizado a 3.000 metros de altura, fuimos al ardiente Maicao y luego a Riohacha: la gente de la capital guajira estaba desesperada porque llevaba varias semanas sin agua.

— ¿Pero qué pasa con el acueducto?, pregunté, ignorante.

— Es que aquí no hay acueducto, respondió un líder del Polo.

Entonces acordamos con Navarro que centraríamos nuestro discurso en la protesta por la falta de acueducto y que le explicaríamos a la gente que en sus manos estaba que las cosas cambiaran.

No me acuerdo qué dijo Navarro, ni qué dije yo. Lo que sí recuerdo es que estaba enfurecida… Después viajamos de la Guajira a Barranquilla. A los pocos días fue la elección presidencial. ¡Y cuál no sería nuestra sorpresa cuando vimos que el Polo había ganado en dos departamentos: Nariño, que era lo lógico porque allá Navarro era (y sigue siendo) el rey, y Guajira, donde no había un trabajo político significativo!

La única explicación que tenía ese resultado es que, por un instante, los guajiros reaccionaron.

Así que no todo está perdido allí: si dejan de ver la corrupción de los políticos como algo normal y, peor aún, como un ejemplo a seguir, la Guajira no solo se salva, sino que se convierte en el paraíso más rico de Colombia. De modo que ¡sí hay esperanza!

www.patricialarasalive.com

 

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