Por: Arturo Charria

Sí, porque la vida es sagrada

Los ciudadanos tenemos la oportunidad de acabar la guerra. No emocionarse ante esta noticia es un acto de egoísmo y una posición inmoral.

En el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación de Bogotá hay una obra de Beatriz González llamada “Auras anónimas”. En esta se reproducen cerca de 9.000 grabados de personas cargando muertos: los cargan sobre troncos amarrados con cabuya, los cargan con sábanas, con hamacas, con bolsas: es una larga procesión que no termina.

Veo esta obra a diario, les hablo de ella a decenas de jóvenes que visitan el Centro de Memoria. En su mayoría son estudiantes de colegio, criados lejos de la guerra y del silbido de las balas. Siempre preguntan si ahí, dentro de esas bóvedas, aun hay cadáveres; preguntan por su significado, por esa repetición de imágenes que parecen volverse una sola.

–No, ahí no hay cuerpos, pero sí hay muertos –les respondo. Esas imágenes nos hablan de una guerra que ha sido ajena a las ciudades. Esos bultos y cuerpos que cargan representan los rostros, los nombres y las vidas de miles de colombianos que han muerto por causa del conflicto armado. Traer esas imágenes a la ciudad no es un intento de exhibir el horror, sino un esfuerzo por hacer visible aquello que no se mide cuando se habla de continuar la guerra.

Esos grabados no fueron dibujados originalmente por la artista, sino que son reproducciones de fotografías tomadas de los diarios. Son combatientes o civiles que cargan a sus muertos o, lo que es peor, son los cuerpos ausentes que jamás podrán llegar a un cementerio, pues su rastro se ha perdido entre el agua, bajo tierra desconocida o entre el humo de los hornos crematorios.

Pero esta no es una obra para hablar de la muerte. Al contrario, es para exaltar el valor de la vida. Esto se manifiesta en el contraste que generan las bóvedas fúnebres, las siluetas de los cargueros y la frase que está inscrita en dichas bóvedas: “La vida es sagrada”. La frase fue escrita en 2003 por Antanas Mockus, en su última alcaldía.

Esas cuatro palabras serán mi respuesta de ahora en adelante cada vez que me pregunten qué votaré en el plebiscito. Responderé: “Sí, porque la vida es sagrada”. No me extenderé en una disertación exhaustiva sobre la transformación agraria, los novedosos mecanismos de participación, las diferencias entre el Caguán, Ralito y La Habana; tampoco hablaré de las drogas.

Responderé una y otra vez: “Sí, porque la vida es sagrada”. Porque valoro profundamente que gracias al cese bilateral al fuego hoy cientos de familias no han tenido que aportar otro muerto a esta guerra. Diré “Sí”, con la convicción de que cada vida que le arrancamos a la guerra es un motivo que confirma mi voto.  

 

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