Por: Julio César Londoño

Sin piedad

A la una y diez de la tarde del 11 de mayo de 2011, el pintor colombiano Daniel Segura Bonnett se mató arrojándose desde la azotea del edificio de su apartamento en Nueva York.

Antes de radicarse allá, el joven pintor dictó clases en el Gimnasio Campestre de Bogotá, donde fue víctima de matoneo por parte de algunos estudiantes que decidieron que su voz era afeminada.

Uno de los “matones” ingresó luego a la Universidad de los Andes y le presentó un trabajo de escritura a su profesor Lucas Ospina, crítico y profesor de arte de la universidad. Allí el estudiante cuenta cómo se reían del pintor y cómo lograban exasperarlo hasta que la cara se le ponía roja de la ira, “probablemente muy similar”, escribe el estudiante, “a la cara roja que vieron quienes pasaban por la calle cuando Daniel se votó (sic) desde su apartamento y dejó pintado el piso de sangre (…) la cosa fue que nosotros todavía teníamos tiempo para vivir, nosotros no decidimos quitarnos la vida, así que decidimos reír otro rato”.

Crueldad y morbo puros, sin una mancha de reflexiones sicológicas, filosóficas ni artísticas, a no ser que consideremos arte cosas como los videos snuff, que mostraban torturas, mutilaciones, violaciones y homicidios reales.

Conocemos estos detalles ahora porque los contó la madre del pintor, la poeta Piedad Bonnett, en su columna de El Espectador del sábado anterior. Y ella los conoció en enero, cuando Lucas Ospina le dio copia del texto, no sin advertirle antes que era un texto “agridulce”. ¿Qué entenderá por “dulce” el profesor Ospina? ¿Se refería al texto o al sabor de la sangre? ¿Tendrán sangre en alguna parte un estudiante que escribe esta infamia y un profesor que es capaz de mostrársela a la madre de Daniel? ¿Tendrán madre? ¿La odiarán?

Herida en lo más hondo, Piedad llevó el caso ante las directivas de los Andes, que le mamaron gallo ocho meses para cerrar finalmente el caso con un fallo flemático: los estudiantes tienen derecho a la libertad de expresión. El profesor debe reflexionar sobre el límite que existe entre lo público y la sensibilidad de las personas.

El lunes, el rector de los Andes le dijo a Blu Radio que el comité de disciplina se había tomado ocho meses dada la gravedad del caso (menos mal que no está a cargo de las urgencias de una clínica) y que había una sanción confidencial contra el profesor. Verifiqué esto y es completamente falso.

Ospina escribe con el pie izquierdo, como les consta a los lectores de Arcadia, y lee peor, como vimos arriba. Mis amigos artistas coinciden en que es un sujeto maluco y un crítico tan miope como para despreciar la obra de Doris Salcedo. Es verdad que le pidió perdón a Piedad el domingo con una carta contrita y taimada, pero lo hizo solo cuando estuvo seguro de que le había enterrado el cuchillo hasta la empuñadura.

Uno extraña las preguntas. Un estudiante, un profesor y una universidad se equivocan en materia grave y nadie se pregunta nada. Cómo pudiste escribir semejantes vilezas, debió preguntarle Ospina al matoncito. Cómo pudo mostrarle ese horror a la mamá, debió preguntarle la universidad al “profesor”. Cómo hicieron para manejar el caso de manera tan insensible y estúpida, debería preguntarle a la universidad el Ministerio de Educación.

El matoneo afecta las notas y el equilibrio emocional de unos dos millones de estudiantes (uno de cada cinco). Si contamos sus familias, el fenómeno puede estar afectando a diez millones de colombianos. Ojalá este caso sirva para que no se archiven los temas de los manuales de convivencia y el respeto por la diversidad sexual, y para que el debate tenga más argumentos científicos y menos marchas irascibles, menos odio y más humanidad.

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