Por: Yolanda Ruiz

Sobre filosofía y otros asuntos “inútiles”

¿Será inútil pensar? Me pregunto eso entre las muchas reflexiones que me generan las declaraciones del alcalde de Cartagena, Manuel Vicente Duque, cuando se pregunta para qué le sirve a un joven la filosofía cuando lo que debe tener son herramientas para salir adelante.

El alcalde reclama formación práctica y no es extraño, porque las humanidades han sido las cenicientas del conocimiento y han estado batallando por décadas contra el reinado de las ciencias exactas que reclaman su supremacía justamente por lo que plantea el alcalde: sirven para cosas concretas.

Temo que la declaración del alcalde refleja una manera de pensar de muchos dirigentes y de buena parte de la sociedad. El hecho de que llevemos más de dos meses sin ministro de Educación en propiedad, confirma el interés que generan las humanidades. ¿Qué pasaría si la vacante fuera en Defensa o en Hacienda?

En un mundo metido de cabeza en el mercado no es raro que poco se hable de la falta de ministro de Educación o que el debate sea cuántos técnicos e ingenieros necesitamos, pero no cuántos filósofos o historiadores le vienen bien a la sociedad. Fácil caer en la trampa, pero no podemos olvidar que las humanidades ayudan a entender el pensamiento y sobre todo enseñan a construir pensamiento propio. De una u otra manera los grandes cambios de las sociedades han venido de la mano de pensadores que plantearon caminos o supieron interpretar las inquietudes de las comunidades que sintieron la necesidad de dar timonazos históricos.

Cuánta falta nos hacen buenos pensadores, filósofos o no, que aporten ideas y salidas en este mundo que se enreda en una grave crisis de confianza, en la que prosperan los caudillos, los fanatismos, la xenofobia, la homofobia y hasta la misoginia que creíamos en proceso de superación. Basta mirar el resultado de las elecciones en Estados Unidos con un Donald Trump vencedor, para saber que necesitamos echar mano de las humanidades para entender lo que pasa y saber hacia dónde vamos. Y en el mundo de lo privado alguien que se forma con capacidad de pensar sabe mejor cómo ser y actuar en su vida, aporta más como ciudadano y tiene más posibilidades de convivir con el otro.

Pretender que a los muchachos, sobre todo a los de estratos bajos, les demos solo conocimiento práctico, es querer perpetuar su condena para que sean mano de obra barata que no piense y no busque más allá. No desconozco que su realidad exige soluciones y que la economía demanda trabajadores capacitados en oficios concretos, pero eso no puede ser lo único en los procesos de formación de nuestros jóvenes. Enseñarles un oficio práctico, claro, pero también aportarles más para que persigan sus sueños.

Recuerdo mucho a uno de mis maestros de colegio porque influyó de manera significativa en mi pensamiento crítico. Era el profesor de dibujo (¿para qué sirve el dibujo?, se preguntarán algunos). No aprendí a dibujar —no tengo ese talento—, pero mis clases de dibujo, llenas de reflexiones sobre el arte y el sentido del mismo, me llevaron a ver más allá de lo concreto y evidente. No se imaginan lo importante que ha resultado eso en mi trabajo.

Hoy, desde el humanismo, digo que no comparto lo que dice el alcalde de Cartagena, pero condeno el matoneo del que ha sido víctima porque justamente muchos filósofos nos han enseñado a respetar al otro. Una frase atribuida falsamente a Voltaire (sería de su biógrafa Beatrice Hall) refleja el valor del pensamiento libre y me sirve para decirle al alcalde: “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Entre otras cosas, para eso sirven la filosofía y las humanidades cuando nos acercamos a ellas: para darnos las razones que nos ayudan a convivir en la diferencia. ¿Eso será inútil?

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