Por: Julián López de Mesa Samudio

Sobre la ACR, la empresa privada y la paz

Hace un par de semanas tuve la fortuna de visitar, junto con el representante de Fogón Colombia y otros jóvenes empresarios de la gastronomía y la hotelería en Colombia, las instalaciones de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR) en Villavicencio y de asistir a cada una de las etapas del proceso de reintegración.

Allí conocimos a excombatientes que acababan de dejar las armas hacía tan sólo un par de días, así como a aquellos que se hallaban en la parte final del proceso, cinco o seis años tras entregar las armas, y que se encontraban completamente integrados a la vida civil. Lo primero que asombra de la ACR es que el acompañamiento sea tan largo, tan riguroso y tan personalizado.

La ACR fue una grata sorpresa para los visitantes. La agencia no sólo tiene su presupuesto propio independiente de los caprichos de los gobernantes de turno, sino que desde su creación se ha ido ganando a pulso su autonomía, lo que le ha permitido mantener una continuidad en sus procesos y una línea de acción constante y en permanente evolución. Es igualmente destacable que la gran mayoría de las caras visibles de la ACR, desde su director hasta los funcionarios que nos acompañaron, sean personas jóvenes, comprometidas y conscientes de la labor trascendental que realizan, pero sobre todo honestas frente a las ventajas e inconvenientes que ha tenido y aún tiene el programa. “Nosotros no les vamos a llenar sus restaurantes de reinsertados”, fueron claros en advertir. “Este es un proceso que requiere control y seguridad para todos, por lo que ha de ser paulatino; una o dos personas por lugar es a lo que hoy nos podemos comprometer”. Honestidad. Lo que se espera de una entidad así.

Del otro lado, nadie del grupo de visitantes pasaba de los 42 años y estaban allí porque sentían en mayor o menor medida una responsabilidad con el país. Los apretones de manos de aquella visita anticiparon posibles acuerdos de colaboración mutua entre la ACR y unos empresarios conscientes de que la responsabilidad social no es un peso, una forma de descontar cargas tributarias, de tener un discurso socialmente atractivo y beneficioso para la imagen corporativa y su mercadeo, sino algo real y tangible que afecta a miles de personas... es una causa a la que ni los empresarios en particular ni los ciudadanos en general pueden ser ajenos si es que queremos mejorar el destino del país.

Lo que viene tras el 31 de marzo de 2016 es otra Colombia. A partir del año entrante, la nueva Colombia deberá estar en manos de una generación nueva que deje de pensar y actuar como aquellos de quienes heredamos el país; de ciudadanos responsables con ellos mismos, con sus familias, con su barrio, con sus vecinos; de empresarios que rompan con la estrechez de miras que caracteriza a los MBA, que se avergüencen de dejar en manos de otras personas la solución a sus problemas, que no le den la espalda al país…

Hace un par de semanas tuve la fortuna de ser testigo de otros preacuerdos de paz, de otros apretones de manos menos publicitados entre la ACR y la nueva empresa privada colombiana. Las manos que se estrecharon en Villavicencio y que auguran proximidades, cercanías, son un ejemplo de cómo se hace efectiva y real la paz y de cómo ese proceso nos corresponde a todos.

 

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