Por: Cartas de los lectores

Sobre la libre expresión

El editorial “La libertad de expresión como máscara” (05/11/16, El Espectador) me ha dejado un profundo malestar.

Sobre libertad de expresión

El editorial “La libertad de expresión como máscara” (05/11/16, El Espectador) me ha dejado un profundo malestar. El conflicto entre la señora Sanín y el grupo de Facebook es una muestra de un conflicto ideológico importado desde las universidades americanas, donde la cultura del “political correctness” ha entrado en conflicto con grupos que no acceden completamente a una sociedad caracterizada por el miedo a decir el sustantivo incorrecto. Se han descrito ustedes como personas que han aprendido a “sacudirnos las estructuras sociales que fomentan la exclusión”. Se podría hacer el argumento que aquellas personas que Carolina Sanín y los medios han descrito como “neonazis, misóginos, racistas”, entre otros términos, en mi opinión excluyentes, buscan, precisamente, esto. La aceptación ciega de un paradigma sólo genera la pérdida de opiniones que, en sociedades más abiertas y menos dispuestas a satanizar al disidente, podrían favorecer la apertura de una discusión fructífera. Pero no. Carolina Sanín se dedicó a amenazar con la expulsión y denuncias a la Fiscalía y los medios la acompañaron replicando insultos y calificativos apresurados e ignorantes.

Lo cual me lleva a mi segundo y tercer punto. ¿No son las expresiones artísticas de humor (aunque negro y ocasionalmente de mala calidad) una manera de generar discusión y reflexión? Estoy seguro de que, tanto a mí como a ustedes, se nos vienen a la cabeza inmediatamente dos ejemplos: el caso del señor Jaime Garzón y la tragedia de Charlie Hebdo. Ambos casos con desenlaces brutales y deprimentes, desenlaces que nos hicieron cuestionar las bases de democracia y libertad sobre las cuales asumimos que están construidas nuestras sociedades, hijas de la revolución francesa; desenlaces que nadie se atrevería a justificar. Fueron silenciadas ambas voces por grupos que creyeron que estaban haciendo lo correcto, que se sentían moralmente justificados a tomar una vida porque no iba de acuerdo con su concepción del mundo. Entiendo que el instinto al leer estas palabras es considerar absurdo el símil que estoy haciendo entre los grupos “feministas” o que luchan por lo políticamente correcto (Social Justice Warriors, como han sido clasificados en EE. UU.) —incluso yo también siento este absurdo–, pero ¿no es en esencia el mismo caso? Un grupo cree tener la razón absoluta y pretende silenciar a otro que no refleja sus mismos principios.

Y este temor a un grupo que pretende callar al contradictor, este temor a una sociedad que no permite una discusión apropiada, es el causante de la anonimidad que tanto se criticó la semana pasada. Cuando se está amenazando con una investigación académica, con investigaciones penales, cuando se ha creado tal discordia entre los estudiantes de la Universidad de los Andes, como se evidencia en la manifestación de los ojos morados la semana pasada, cuando se nos ha clasificado como terroristas, racistas, clasistas y misóginos, es difícil ver cómo no ser anónimo.

Atentamente: un estudiante terrorista, racista, clasista y misógino.

 

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