Por: Nicolás Rodríguez

Sobre un editorial de El Tiempo

No debería pasar desapercibido que el editorial de El Tiempo titulado “Un récord agridulce” les haga eco a las palabras del fiscal Martínez, a la vez ventrílocuo del gobierno que lo eligió (y fiel escudero de Vargas Lleras, que lo impulsó) sobre la necesidad de meter miedo con el glifosato.

En materia de política antidrogas al pobre editorialista le toca jugar pelota con demasiados equipos y camisetas a la vez. En esta ocasión escribió que “es importante que el Gobierno no tire al mar la llave de las fumigaciones aéreas”. Pero venía de celebrar, en el mismo texto, que el narcotráfico sea golpeado en las partes más altas de la cadena criminal en vez de andar persiguiendo cultivadores.

Es más, desde esa leída tribuna había sido celebrada la decisión de revisar las aspersiones aéreas. Ahora que por fin hay una ruta de escape para tanto campesino y colono con el proceso de paz, el periódico desde el que se apoya la idea de un replanteamiento de la lucha contra las drogas pide que engrasen y alisten las avionetas. ¿En qué quedamos?

Ha dicho el premiado Alfredo Molano sobre los inicios de su obra que en la base siempre estuvieron los colonos que “machacaban con sus botas las hojas de coca, para sacar de ellas lo que ninguna promesa de gobierno había hecho realidad”. Ahora el editorial de El Tiempo aboga por una política de desarrollo y sustitución que sea capaz de llevar progreso y opciones legales de vida. ¿A quién le creemos? ¿Para qué abogar por una acción estatal de paz que si no llega será acompañada a punta de veneno desde el aire?

“Más vale una guerra conocida que una paz desconocida” escribió María Mercedes Moreno, la inspiradora coordinador del también inspirador Colectivo MamaCoca para referirse a la mayoría de la gente que le votó al No en el plebiscito. Así están los editoriales del agridulce periódico liberal.

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