Por: Aura Lucía Mera

Sobredosis

Me resisto a esta sobredosis de odio que nos está envolviendo.

Como esos tifones oscuros que vemos en las fotografías que van arrasando todo, volando techos de casas, elevando automóviles. Los llaman tornados y en la Costa “culoepollos” cuando son más pequeños.

El huracán del odio nos tiene atados, inmovilizados, paralizados. Se cuela por todas las rendijas. Se respira en el aire, asfixia, corta el oxígeno. Estamos como esas bombas de hidrógeno a punto de reventarse, como los cilindros de gas al lado de un fósforo prendido. Estamos cercados por todos lados y a lo lejos no se vislumbra ni un rayo de luz.

Por lo menos yo no lo veo y, por más que trate de escaparme, no lo logro. Me siento un títere manejado por cuerdas oscuras y desconocidas en un escenario gris ante una audiencia oscura como la boca de un lobo y sin libreto liberador.

Ningún truco me funciona. El odio y la rabia lanzan sus tarascazos a diestra y siniestra. Me persiguen y me alcanzan. El refugio de los libros, la escritura, el Netflix, el ejercicio diario, las amistades escogidas y el amor familiar apenas son leves burladeros, hechos de caña menuda, frágiles, que no resguardan ni protegen de este tsunami negro del odio, la rabia, el resentimiento y el rencor.

Mensajes de odio en los Twitter, en los “wassaps”, en las conversaciones casuales, en los noticieros televisados, en los titulares de los periódicos, en la radio.

Queremos asesinar al asesino. Volver a la guerra. Mandar al que piensa diferente al infierno, abonar los rencores, alimentarnos de mierda o “heces”, como dice Francisco desde el Vaticano. Descalificar al otro, arrearle la madre al contradictor, desearles la muerte a los taurinos, acosar e insultar a los que tienen otras identidades sexuales, desear que la guerrilla se vuelva a armar para poder seguir matándonos, descalificando a los que piensan diferente, aplaudiendo la muerte de alguien, culpando siempre a los demás sin admitir jamás que cada uno de nosotros forma parte del engranaje.

Me decía hace años un terapista, sacerdote católico, alcohólico anónimo y Ph.D. en psicología, que la mente es como un molino que ayuda a circular y se alimenta de lo que le echemos dentro... Si es agua limpia, caerá agua limpia. Si son heces, caerán las heces. Si es veneno, destilará veneno. Si es maldad, pues maldad. Venganza, resentimiento, ternura, amor, compasión, perdón, honestidad, compasión, miedo, ira.

La mente es neutra: recibe lo que le mandemos, y es el pensamiento el que crea las emociones y a la postre las acciones. ¿Cómo podemos vivir normalmente si cada día, cada minuto, nuestras mentes están siendo bombardeadas con catástrofes, asesinatos, escándalos, resentimientos, maldiciones, violaciones cargadas de ira?

¿Cuánta responsabilidad nos cabe? Toda. Somos nosotros los que alimentamos esa peste de rabia que nos consume por dentro con nuestros comentarios, con los mensajes, con los titulares, con el morbo y la sevicia, con la mala leche que pareciera que mamamos aún antes de nacer.

Odio a la paz. Odio al opositor político. Odio a los homosexuales. Odio a los violadores. Odio a las putas. Odio a los mendigos. Odio a los desmovilizados. Odio a los intelectuales. Odio a los taurinos. Odio a los ricos. Odio a la clase trepadora. Odio a los indígenas. Odio a los negros. Odio a los trancones. Odio a la Policía. Odio por odio... y más odio.

¿De qué nos sirve vivir en un país mágico, con dos océanos, cordilleras, páramos, selvas, ríos, aves, atardeceres, si lo único que consumimos es odio?

¿Por qué no mandamos el odio a la mierda y empezamos todos juntos a ver un nuevo amanecer?

 

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