Por: Rafael Orduz

Solidaridad con la familia Samboní

No hace un mes que secuestraron, violaron, torturaron y mataron a Yuliana Andrea Samboní.

Las muestras de indignación y el clamor de justicia, sin precedentes, parecían apuntar a la solidaridad de la ciudadanía con la familia. Sin embargo, ocurre que la primera, la ira social, primó sobre el interés de apoyar, verdaderamente, a los Samboní. Todo indica que se trató de un estado temporal, de un arranque ya diluido en las fiestas de Navidad y año nuevo.

Como decía una canción de Serrat, aunque en el contexto de un festival que termina: “Y con la resaca a cuestas / vuelve el pobre a su pobreza /vuelve el rico a su riqueza / y el señor cura a sus misas...”.

Así, lo que se sabe es que la familia Samboní, conformada ahora por Nelly, Juvencio y la hermanita de Yuliana, regresó a Bolívar, Cauca. En el mundo de la revolución de las comunicaciones, de internet móvil y las redes sociales, en el que todo se sabe, nadie les ha preguntado qué necesitan, qué apoyo requieren para lidiar con su dolor.

¿Importa?¿O bastó con los trinos de ira que decenas de miles compartieron en las redes?

Hubo, sí, diligencia de la contraparte. El sábado siguiente al feminicidio, la portada y el artículo de fondo de la revista de mayor circulación parecían pieza de una estrategia de mitigación del daño a los intereses de los Uribe Noguera. Incluyendo un atrevimiento sin nombre: equiparar el dolor de la familia Samboní al de la del perpetrador. Ya detenido el asesino, lo que no puede ocurrir, imagino que tramarán, es que los hermanos sean vinculados al postcrimen. Llena de inconsistencias, la entrevista al hermano del asesino parece afirmar la complicidad fraterna.

No cabe duda del dolor de los Uribe Noguera. Del cielo al infierno de un momento a otro, corroborando aquello terrible: que buenos colegios y universidades, holgura y viajes no garantizan buena educación, si por ella se entiende, entre otras cosas, el respeto por la vida de los demás, la capacidad de vivir en comunidad y de aplicar los deberes del ciudadano.

Sin embargo, el dolor de los Samboní es diferente al de los Uribe Noguera. El hueco afectivo que deja una hija de siete años asesinada no tiene fondo.

¿Se va a reparar a la familia Samboní? Y, ojo: no se trata sólo de dinero, sino de atención integral, de apoyo a su sanación, hasta dónde ello sea posible. ¿Es aún tiempo de pasar de la ira profunda a la solidaridad con Juvencio y Nelly y la hermanita de Yuliana?

La sanción social sin solidaridad es letra muerta. Tampoco garantiza la no repetición.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Rafael Orduz

Gracias a Gonzalo Sánchez y al CNMH

Ana María Archila y el juez Kavanaugh

La afición a prohibir, en alza

Hay que votar la consulta anticorrupción