Por: Francisco Gutiérrez Sanín

T-USA

Estuve muy convencido de que Hillary ganaría. Aunque sabía que Trump tenía una probabilidad real de vencer, era claro que varios factores demográficos jugaban en su contra (la animadversión que había generado entre los llamados latinos, los afro-americanos y las mujeres).

En particular, creí que perdería en Florida. El voto anticipado parecería mostrar que sería precisamente así. Nótese que incluso con el cataclismo que afectó a los demócratas en varios estados que consideraban fijos, con Florida hubieran seguido obteniendo la presidencia.

Pero no pudo ser. ¿Faltó movilización del llamado "voto latino" o esta fue superada por la de la base social republicana? Habrá que esperar los análisis. Como fuere, una vez más pude comprobar, esta vez en cabeza propia, que la ruta más rápida para el error es no pensar en términos probabilísticos. Con su estilo violento, Trump agitó numerosas pasiones en contra --pero también un torrente de entusiasmos. Como habían repetido sus propios partidarios, esto atraería a las elecciones a mucha gente, y no era fácil saber en qué proporciones serían partidarios de una u otra opción. Es interesante hacer notar en este contexto que las encuestadoras gringas no se equivocaron por mucho (al menos hasta donde he seguido el tema). Predecían una victoria de Hillary pero con resultados muy apretados, cosa que sí sucedió, pero no a favor de los demócratas sino de los republicanos. Todo aparentemente dentro del margen de error.

Ahora la situación se torna muy peligrosa, y debería estar generando aún más angustia que la ya proverbial "plebitusa". Trump queda con mayorías en las dos cámaras, y sin duda pondrá como noveno juez de la corte suprema a algún conservador extremo, alcanzando poder decisorio también allí. Y tendrá grandes incentivos para cambiar las reglas de juego de tal manera que su base electoral --que se ha ido transformando gradualmente en una minoría demográfica-- pueda mantenerlo a él y los suyos en el poder. Así, pues, un debilitamiento fundamental de los pesos y contrapesos, precisamente en un momento en que llega al solio presidencial un proyecto populista con un claro potencial autoritario y violento. Que éste de hecho se haga realidad no es algo necesario, pero no veo la menor razón para sentirme optimista. Es que a la falta de controles institucionales se agrega la débil capacidad de auto-control que crecientemente ha exhibido esta versión radicalizada del Partido Republicano.

La deriva ultraconservadora y potencialmente autoritaria que representa Trump puede tomar varios caminos. Puede descarrilarse, por cuenta de sus demandas y promesas contradictorias y de las aspiraciones contrapuestas de las múltiples facciones que cobija. Pero también podría estabilizarse alrededor de un régimen con democracia y derechos humanos limitados, que se constituiría en alternativa real para toda la derecha radicalizada en el mundo. Una alternativa apoyada por el poder y la proyección global de los Estados Unidos.

Así, pues, el proceso de paz en curso en Colombia se desarrollará en un ambiente internacional bastante desfavorable. El mapa mundial se ha ido llenando de autoritarios y extremistas de derecha: Orban en Hungría, Kaczynski en Polonia, el BJP en India...En numerosos países europeos los neofascistas sienten el poder al alcance de la mano. Con el triunfo de Trump, estos últimos sienten con razón que se les abre una oportunidad de oro. No por casualidad uno de los primeros en felicitarlo fue Le Pen. Ante este panorama surge la pregunta obvia: ¿Podremos llevar a buen puerto las propuestas pacifistas que se han desarrollado en Colombia en los últimos años? No es seguro. Lo que sí está claro, en cambio, es que cualquier posibilidad de éxito en este frente está asociada a la soluciones rápidas y ágiles que puedan ser asimiladas y comprendidas por amplios sectores de la sociedad.

Es mejor irnos apretando el cinturón. Nos esperan muchas, muchas turbulencias.

 

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