Por: Sorayda Peguero

Tango al amanecer

Al viejito que vivía en la casa de al lado le gustaba el tango. Sus conciertos diarios arrancaban a las seis de la mañana con una tonada quejumbrosa de Gardel. Desde su antiguo tocadiscos, la música entraba directa por la ventana de mi habitación. Aquel viejito me dejó el recuerdo de una melodía de bandoneón que a veces arrastro como un ingrávido velo de novia.

El viejito de la casa de al lado era mi abuelo.

Si hubiera escuchado a Dom Pedro, un angoleño de fina estampa, explicando que “la música más blanca del continente americano” tiene raíces negras, ¿qué hubiera dicho mi abuelo? Según el documental dirigido por Dom Pedro —Tango negro. Las raíces africanas del tango (2013)—, en Argentina, la africanidad del tango fue negada adrede por el poder colonial.

“¿Cuál fue el origen de la palabra? —decía Borges en la primera de cuatro conferencias sobre el tango que dictó en 1965—. A mí me suena a africana, o pseudoafricana, como la palabra milonga”. Para Dom Pedro es una certeza. El cineasta angoleño afirma que el origen de la palabra tango es africano. Dice que en la lengua kikongo, que es la lengua madre de los habitantes del antiguo Reino del Congo, la palabra Ntangu se refiere al sol, al tiempo y al espacio.

En 1990, mientras veía un partido de fútbol entre Camerún y Argentina, Dom Pedro se preguntaba: ¿Por qué el equipo argentino tiene tan pocos jugadores negros? Convencido de que “los relatos de caza glorifican siempre al cazador”, y de que uno no debe fiarse de todo lo que dice la historia oficial, Dom Pedro se dedicó por diez años a investigar el influjo de África en Argentina. En 2003 conoció al argentino Juan Carlos Cáceres, profesor de historia del arte, músico y autor del libro Tango negro, que lo animó a profundizar en las huellas que dejó la música africana en el tango, y que luego se convirtió en la voz del documental.

El tango es un híbrido —decía Ernesto Sábato—. El tango tiene el hálito del Río de la Plata y cosas de los libios, los italianos, los españoles y los negros, y en sus primeros años era feliz —decía Borges—. El tango tiene tres tristezas —dice Juan Carlos Cáceres en el documental de Dom Pedro—: la tristeza de los inmigrantes, la tristeza del gaucho y la tristeza de los negros. El tango —decía Enrique Santos Discépolo— “es un pensamiento triste que se baila”.

Los tangos que escuchaba mi abuelo al amanecer dejaron de sonar hace tiempo. Lo recuerdo una madrugada insomne que transcurre en la casa de mi infancia. Sus ojos empañados de azul, la sonrisa ladeada, el aroma fortísimo de su tabaco, su música inmortal. Lo recuerdo, escuchando un tango de los suyos, y recuerdo unos versos de la chilena Stella Díaz Varín, que dicen: “No quiero / Que mis muertos descansen en paz / Tienen la obligación / De estar presentes / Vivientes en cada flor que me robo / A escondidas / Al filo de la medianoche / Cuando los vivos al borde del insomnio / Juegan a los dados / Y enhebran su amargura. / Los conmino a estar presentes / En cada pensamiento que desvelo. / No quiero que los míos / Se me olviden bajo la tierra / Los que allí los acostaron / No resolvieron la eternidad”.

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