Por: Augusto Trujillo Muñoz

Tapar el sol con la mano

Como lo expresé en mi columna anterior, la Constitución del 91 está dejando de existir todos los días.

Comenzó a dejar de existir cuando la rama ejecutiva cooptó a la legislativa y asumió el control de sí misma a través de sus mayorías en el Congreso. No fue eso lo que quiso el Constituyente: recuerdo los esfuerzos del Cofrade Alfonso Palacio Rudas para devolverle al Congreso, como representante auténtico de la opinión pública, el poder democrático que le habían cercenado reformas anteriores.

Dejó de existir cuando la Corte Constitucional decidió desbordar el mandato constitucional que le ordenaba fallar sobre los actos Legislativos “sólo por vicios de procedimiento en su formación”. La curiosa teoría de la sustitución constitucional desdibuja el principio democrático y vuelve rígida una Constitución que sus inspiradores quisieron hacer flexible.

Dejó de existir cuando el ejecutivo logró la aprobación del Acto Legislativo nº 3 de 2011, el cual transforma el sentido fundamental del Estado de Derecho que, en 1991, se adoptó como Estado social, para convertirlo en una especie de Estado fiscal o fiscalista. La contrarreforma tuvo incidencia negativa en el principio de la cosa juzgada y, como lo han sostenido los juristas Francisco Barbosa y Rodolfo Arango, entre otros, en el contenido prestacional de los derechos fundamentales.

Dejó de existir cuando, a instancias del gobierno nacional, la Corte desconoció los derechos adquiridos contenidos en la Carta Política y ratificados en el Acto Legislativo nº 1 de 2005, así como el principio de irrectroactividad del derecho. Aquellos y este solo pueden ser limitados o modificados por el Congreso Nacional.

Dejó de existir cuando declaró inexequible la llamada reforma al equilibrio de poderes con el criterio de se estaba sustituyendo la Constitución. Es precisamente la Corte quien la sustituye al negarle al Congreso la potestad reformatoria que tiene. Reformar, según los diccionarios del idioma español, quieres decir, volver a formar, modificar, cambiar, sustituir.

No es mucho lo que queda de la Constitución del 91 después de 40 reformas aprobadas por el Congreso y de no sé cuántas sustituciones adoptadas por la Corte Constitucional. El jurista Augusto Ibañez, en “Las 2 orillas”, lo dice en otra forma: al criticar los reclamos por una nueva Constitución, señala que “aún no se ha dejado entrar en vigencia real la que tenemos”.

Los discursos del 4 de julio en Rionegro parecían provenir de personajes que no viven en Colombia. La Constitución actual no es ya la del 91. Quizás no lo ha sido nunca. Es preciso rescatar su espíritu y ajustar su texto en función del post-acuerdo. Eso supone reformas en la organización territorial, la administración de justicia, el régimen electoral. La pregunta es: ¿resulta aquello posible sin una Asamblea Constituyente?.Lo demás, como en Rionegro, es tapar el sol con la mano.

* Exsenador, profesor universitario. @inefable1

 

643469

2016-07-14T21:06:41-05:00

column

2016-07-14T21:07:35-05:00

none

Tapar el sol con la mano

25

3082

3107

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Augusto Trujillo Muñoz

Gobernar es concertar

La sociedad civil

Explosiones sociales

¿Por quién doblan las campanas?

Perestroika