Por: Nicolás Rodríguez

Tertulia colonial

Todo país tiene su Pastrana. A España le tocó José María Aznar.

O tal vez sea al revés y a toda nación le espera un Aznar. El nuestro fue Pastrana. Da igual. Como en el chiste: entraron Aznar, Pastrana y Uribe a un bar… en España.

Lleno total dicen los medios. Con la digna interrupción de una rechifla. Aznar de corbata azul oscura, Uribe de rojo y Pastrana en verde chillón, reunidos para acabar de sabotear el proceso de paz con las Farc. Aznar en lo suyo. Que no es mucho. Y Pastrana y Uribe en lo de siempre. Que tampoco.

Aznar le hace el cuarto a su amigote Pastrana. Es el James de la foto. Se presta para legitimar lo impresentable. Tampoco es nueva o reciente la camaradería con el expresidente conservador.

Pastrana suelta frases hechas de esas que siempre lleva a las entrevistas. No son grandes argumentos o ideas elaboradas. Son fragmentos pegajosos de propaganda. Jingles. Villancicos. Promociones. “No ganó la guerra sino la paz” ha dicho Pastrana, convencido de estar iluminando un auditorio que más que admiración o respeto le tiene paciencia. Han ido a ver a Uribe.

Aznar y Pastrana bien podrían estar de vacaciones. Pastrana viaticando sobre el lomo de la guerra colombiana. Y Aznar sacando provecho del interés obsceno que producen las divertidas historias de una excolonia.

Uribe es otra cosa. Una igual de cínica, pero más seria. La intransigencia de siempre para torpedear (“la agenda económica del país no debería discutirse con un grupo terrorista”). Y la preparación del camino, las fuerzas y los votos hacia las próximas elecciones. El eufemismo de la ocasión: “el gran acuerdo nacional”.

A todo este sainete, Aznar le ha llamado sin sonrojarse “liderazgo”. Una palabra que ojalá y el presidente Santos y su equipo negociador sepan interpretar lo más rápido posible, para que la vida no se nos vaya en estas deprimentes tertulias. ¡Acuerdos ya!

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