Por: Mauricio Botero Caicedo

¿Tiempos aciagos nos esperan?

En su artículo el pasado domingo, el incisivo periodista de El Tiempo Mauricio Vargas se hace las siguientes preguntas: ¿Puede haber paz cuando los cultivos de coca se triplicaron en cuestión de meses porque el Gobierno suspendió las fumigaciones sin ofrecer un plan alternativo de lucha contra este flagelo, que daña el ecosistema, empuja campesinos al delito y llena de dólares, armas y poder intimidatorio a las bandas criminales?

¿Puede haber paz cuando el Eln desarrolla un siniestro plan para copar algunas de las zonas que las Farc abandonan y muchos guerrilleros se limitan a cambiar de brazalete, como me cuenta un empresario del Cauca, decenas de veces extorsionado?

Son preguntas pertinentes, porque pareciera ser que el Gobierno ha olvidado —o en su pertinaz obsesión por llegar a un acuerdo con las Farc quisiera olvidar— que el principal flagelo que ha atravesado el país (cuando estaba en la cúspide de su poderío político, social y económico) es el narcotráfico. Regresar a épocas pretéritas, en donde estuvimos al borde de ser declarados un “Estado fallido”, no es ni imposible, ni improbable. El pensar que los cabecillas de las Farc van —o pueden— mover un dedo para minar el renacer del monstruo del narcotráfico, que a través de los años ha mostrado resiliencia y capacidad de mutación, es de una ingenuidad rayana en la bobería. Mientras siga habiendo una enorme demanda por las drogas ilícitas que el país está en capacidad de producir, especialmente la cocaína y en menor grado la heroína, va a seguir creciendo el narcotráfico. Sin las talanqueras que en su día representaba el tener unas Fuerzas Armadas con un compromiso firme de acabar con el narcoterrorismo, la senda del crecimiento del narcotráfico está despejada.

Otro mito que permea el Gobierno es que la paz ha sido alcanzada. El haber firmado un acuerdo con uno de los actores (y sólo uno) de la violencia armada, no es garantía de paz. Llegar a un acuerdo con el Eln, grupo mesiánico que considera que la guerra en sí es positiva, cuyas exigencias van a ser bastante más complejas que las de las Farc, va a ser casi imposible. Es un hecho que los “elenos”, como bien se lo pregunta Vargas, ya han cooptado buena parte de los terroristas que hoy, sin abandonar las armas, han cambiado el brazalete. Por otra parte, aunque parezca contradictorio, las Farc, al tener un mando centralizado, le ponían “orden” al negocio en todos los eslabones de la cadena. El Eln, grupo más descentralizado, les permite a sus frentes amplia autonomía para extraer fondos de la manera que mejor les convenga, indistintamente sea del narcotráfico, el secuestro o la extorsión.

En su día el narcotráfico fue reducido a su mínima expresión porque existía una férrea voluntad política de doblegarlo. Todo parece indicar que esta voluntad ha dejado de existir y que en materia de seguridad y violencia, tiempos aciagos nos esperan.

Apostilla: a la hasta hace poco tiempo terrorista holandesa Tanja Nijmeijer, alias Alexandra Nariño, le gusta hacer gala de su ignorante fanatismo. Afirmar que un Valle que tiene 2.720 propietarios, en el que el 65 % de las fincas son de menos de 60 hectáreas, les pertenece a siete familias, más que desinformación, es mala fe. La pregunta que uno se hace es si la amnistía e impunidad decretada por el Gobierno cubre también a los terroristas extranjeros.

 

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