Por: Reinaldo Spitaletta

Tiempos de alevosía y oscuridad

Siempre me he preguntado, o por lo menos desde que escribo artículos de opinión, cuándo los columnistas de esta parte del mundo pudiéramos, en vez de estar cuestionando el poder de mierda de este país, referirnos, por ejemplo, a la última obra de un poeta, a la tristeza de Cohen, a las ilustraciones de William Blake, a los frescos de Pedro Nel Gómez, y así, hasta llegar, incluso a La Hora de Tinieblas del señor de las fábulas afrancesadas, el galante Rafael Pombo.

Y cuando se está a punto de decir, por ejemplo, “señor Uribe, no joda más”; señores populistas, váyanse a casa del carajo; señores que creen que la homosexualidad se contagia; señores de las casas de despedazamientos de humanos cesen sus salvajadas; ministritos de las reformas tributarias antipopulares, dejen en paz al pueblo, hay que insistir: vivimos tiempos sombríos, pese a que, en segunda instancia (y ojalá para siempre), se haya suscrito un nuevo acuerdo de paz con las Farc.

Y entonces nos acordamos de Bertolt, el mismo señor alemán que nos acompañó hace años en marchas estudiantiles con sus poemas y obras de teatro, y tenemos que decir: “¡Qué tiempos éstos en que hablar sobre árboles es casi un crimen / porque supone callar sobre tantas alevosías!”. Bueno, pero, hombres del futuro, ahora también se cometen alevosías contra los árboles, como decir, por ejemplo, la que acaeció en una entelequia llamada Parques del Río, en Medellín.

Cómo no va a ser mejor escribir, por ejemplo, sobre la última utopía liberal en estos contornos, como es la que se desarrolla en la novela María, de Isaacs, que acerca del Ubérrimo, o sobre el despojo que durante años han cometido los paramilitares (también los guerrilleros) contra campechos de todas las latitudes. Pero no. En las columnas el espacio solo da para referirse, digamos, a la mentira que ha sido base de la política y la historia colombianas, como las que pulularon hace poco, en la campaña de los del “No”, imitadores ordinarios de nefastos mecanismos utilizados por los nazis.

Y aquí, en este punto, cuando sabemos que habitamos en un país de viejas guerras, de pobrezas antiguas, de desdichas para casi todos los que carecen del llamado bienestar, vuelven las palabras del poeta que quiere apartarse de las luchas del mundo (¿el jardín de Epicuro?), librarse de las violencias (en Colombia son múltiples), no satisfacer los deseos “y hasta olvidarlos”, que sería en lo que consiste (sigo al poeta) la denominada sabiduría. Y entonces, dice Brecht: “Pero yo no puedo hacer nada de esto: verdaderamente, vivo en tiempos sombríos”.

¡Alégrense magnates que la propiedad privada continúa! Ni más faltaba pues que se fuera acabar solo por darle contentillo a unos resentidos. ¡Conténtense terratenientes! Tranquilitos, no habrá expropiaciones. Ni siquiera para aquellos que a punta de masacres y motosierras se quedaron con las mejores heredades.

Pero, digo, por qué hay que escribir siempre sobre estas situaciones. Ah, sí señor de la Madre Coraje: porque vivimos tiempos de oscuridad. Y ni modo de hablar de flores. Podrían decir que se te contagió la maricada, míster Ordóñez, o señor pastor de una iglesia apocalíptica.

¿Por qué no escribir sobre el pájaro estrellado contra el ventanal? ¿Por qué no, a lo Tejada, sobre las bellas muchachas del tranvía? ¿Y por qué sí sobre el tranvía que destruyó un barrio obrero? Los tiempos sombríos en que vivimos no permiten que se hable de un poeta muerto, de un poeta místico que “convirtió la divinidad en una forma de adorar lo humano”. Eso sería un crimen.

Así que tardará mucho, y lejos parece estar el día en que las columnas de opinión, o al menos buena parte, sean sobre el pan que abunda y el agua que sacia.

¡Cómo no seguir gritando “señor Uribe, no joda más”!, o ¡señores del poder, de qué se ríen! (como lo hacían con sus cínicas boquitas un ministro y un exministro en los días del Agro Ingreso Seguro). Y otra vez la voz del poeta, que debe ser la mala conciencia de su tiempo: “mi pan lo comí entre batalla y batalla. / Entre los asesinos dormí”. O sea, mientras construimos el paraíso, hay que seguir hablando del infierno.

Nosotros, los que queríamos preparar el camino para la amabilidad no pudimos ser amables. ¿Quién lo puede ser, pongamos por caso, frente a los que se han robado el país, frente a los bárbaros que posan de civilizados? Los muchachos del futuro sabrán dispensarnos. Nos tocaron tiempos sombríos, mi querido Bertolt Brecht.

 

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