Por: Yolanda Ruiz

Tiempos de fanatismo

Cuando alguien escribe en Twitter que el exterminio de la Unión Patriótica era “un mal necesario”, que “ojalá se muera” el presidente o que “los periodistas deberían ser aplastados como ratas”, es fácil ver los síntomas de un problema grave que nos compete a todos y no es asunto de “los demás” como creemos.

Cuando en Estados Unidos la Presidencia la gana un hombre que monta su candidatura en la xenofobia, la mentira y el total irrespeto a las mujeres, la humanidad queda al borde de un abismo, si no es que ya comenzamos a caer. Los mensajes de odio están por todas partes: en las redes, las campañas políticas, los micrófonos de radio, las tertulias familiares, las calles y hasta en las iglesias.

El asunto se complica cuando los mensajes de fanatismo se convierten en hechos violentos que conocemos bien. El asesinato uno tras otro de líderes sociales y políticos en las zonas golpeadas por el conflicto es otro campanazo de alerta. Dicen que son decenas ya o que pasan de 100. Dicen que son los nuevos paras o los viejos que no se han ido, que son las bacrim o grupos sin nombre. Dicen que hay un ejército anti-restitución... Y mientras todos dicen vamos caminando en el túnel del tiempo hacia esos años 80 que todavía nos duelen a quienes tenemos memoria de ellos. Es una sensación de déjà vu que genera pánico porque ya sabemos hasta dónde puede llegar. El fanatismo de una guerra que no hemos podido acabar del todo, nos dejó más de 200 mil muertos, sin contar con los miles que nos dejó la otra Violencia, así con mayúscula, la del fanatismo de liberales y conservadores. ¿Será que no aprendimos? ¿Tendremos más masacres con el ingrediente adicional de los fanáticos aplaudiendo el desangre desde las redes sociales?

El fanatismo quemó en la hoguera a mujeres acusadas de brujas, arrasó culturas milenarias. El fanatismo bombardea pueblos ajenos y se inmola en atentados. El fanatismo destruye con facilidad y sin remordimiento porque el otro es el enemigo. Para algunos se trata de querer negar a esos “indeseables” la voz, el espacio, la opinión, pero para otros el objetivo va más allá y llega a buscar el exterminio físico de quien es distinto.

El fanático justifica sus agresiones y condena las de los otros. Defiende a los suyos cuando los acusan de delitos, pero quiere que la justicia actúe contra los demás. El fanático no ve matices; es todo o nada porque siente que su pensamiento es la única verdad que existe y todo lo demás es error, delito o pecado. Por eso quiere imponer su visión a los demás.

El fanatismo todo lo explica y lo justifica desde la mirada política, ideológica o religiosa que se toma el cerebro del fanático que ni ve, ni oye ni entiende porque no quiere hacerlo. No necesita hacer ese esfuerzo. Alguien pensó por él y le dice qué hacer, qué sentir. Alguien que sí tiene clara su meta, su interés o su negocio y que lanza ideas sencillas cargadas de emociones fáciles de digerir y de asimilar.

El fanático no ve que la duda es la madre del entendimiento y del conocimiento. No se da cuenta de que dejar espacio abierto para escuchar, mirar, procesar nos puede llevar por caminos propios y mejores. El fanático no ve cuánto lo deshumaniza el hecho de cerrar su mente a reflexiones nuevas y distintas. El fanático pertenece a una masa y sabe siempre quiénes son los malos y los buenos. Por eso el diálogo no fluye y la agresividad es su mejor camino.

Por una vez sería bueno que cada quien dejara de señalar con el dedo a los demás como el origen de todos los males y se parara frente al espejo para ver si en esos ojos se oculta la mirada de un fanático listo para linchar a quien se aparte de su idea. Mi problema, por ejemplo, es que la terquedad me jala hacia los puntos medios y me demoro a veces en entender lo que creo correcto. Me pregunto si no tendré que deslizarme a alguna orilla para ver cómo se ve el panorama desde allí. ¿Sería más sencillo?

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